Australadas

¡Puuuutoooo!


Parece que no nos conocen, si ya saben cómo somos para qué nos dejan sueltos. Supongo que esa y otras decenas de sandeces más se han argumentado para justificar el nuevo grito de batalla tenochca en el mundial de Brasil. Y con ellas la consecuente oleada de dimes y diretes. Que si a la señora feudal FIFA le incomoda el lenguaje altisonante y discriminatorio, que si se oye mal pero descansa el animal, que si nos aflora la naquez, en fin, será el sereno, pero el gritito está en boca de todos y ya sirvió para hacer alharaca internacional, para hacernos notar, pues.

Dicen los que saben que hay cosas en la vida que no se pueden ocultar: el amor, el buen gusto y el dinero. En esta lógica de las evidencias, al mexicano pambolero le salió a relucir el código de barras sin el menor reparo de lo que dirían los Corcuera y los Limantur. ¡O sea, qué oso! El escritor Juan Villoro sostiene en su libro Dios es redondo, que para el mexicano lo único más grave que cometer un error es reconocerlo. Así le ocurrió a "Ego" Sánchez cuando osó tocarse los genitales frente a la tribuna del Barcelona en un clásico contra el Real Madrid.

No ofendió al aficionado catalán, alegaban en su defensa, solamente se acomodó el "package". No pues sí. Como si al reconocer una falta el mexicano dilatara su error y pusiera por los suelos el prestigio. Cosas ambas, que, obviamente, le tienen sin cuidado al ciudadano de a pie. Como sin cuidado tuvo la "firma" a la flama del Soldado desconocido en Francia 98, con la consabida extinción, cual si se tratara de pastel de cumpleaños, sólo que sin deseos por pedir.

Lo de hoy no es ser pintadedo, aunque ayuda para abrirse paso en el concierto internacional, tampoco es ir por la vida orinando y caminando para no hacer charco. Gracias a los buenos oficios de algún creativo con más cerveza en la chompa que dedos de frente, hoy somos la versión multitudinaria del tío ebrio pero simpático que entre más mal hablado resulta aún más gracioso. Y como además nos enorgullece tanto pertenecer al naquismo militante, la indignación se justifica como respuesta al atentado contra las puercas costumbres.

Pero no hay mal que por peor no venga. Para beneplácito de la perrada yupi que hizo su guardadito o que se endeudó con abonos fáciles y pagos difíciles, la condesa FIFA ha resuelto (con la benevolencia que caracteriza a uno de los más despiadados entes capitalistas de que se tenga memoria), que el grito ¡puuuuutooooo! no es ofensivo y menos aún discriminatorio. Nada más falta que digan que van a hacer el himno a la afición con esa palabreja como título.

Lo más gracioso del caso es la negativa hipócrita de algunos medios para llamarle a la pepa, pepa, y al pito, pito, como si no se regodearan del asunto en alta definición y con sonido surround en las transmisiones. Y con el desgarramiento de vestiduras por lo que se podría considerar de mal gusto y hasta homofóbico. Particularmente no soy partidario de ir por la vida hablando cual microbusero, pero a nadie debería asustar el asunto y menos mover a la autocensura con el empleo de una voz popular que, seamos honestos, busca jeringar al prójimo, sacarlo de sus casillas y, por si fuera poco, hacer que riegue el tepache en el partido, evidenciando su falta de aplomo de hombre de verdad. ¡Zaz !