Australadas

¡Puuuutoooo! (otra vez)

"Ya viste Lichis", le dije a la autora de mis días mostrando el "Mileño" de aquella ocasión en que titulé esta columna con el elegantísimo grito de la perrada cuando un portero despeja el esférico en un partido de pambol. "¡Ay Carlos!", me respondió con esa voz de quien sabe cuando alguien, en especial si es su vástago, no tiene remedio. Insisto en el tema con la necedad que me caracteriza y seguro de que Doña Lichis nuevamente pondrá cara de "¡qué mal estás hijo mío!".

Acudo a ello nuevamente justo cuando se ha vuelto moda hacer del gritito una moda. En especial gracias a la pésima agente publicitaria que es la Federación Mexicana de Fútbol, con sus esfuerzos por erradicar el "¡eeeehhhh... putoooo!", con una campaña que casi, casi busca lavarle la boca al (ir)respetable con sosa cáustica. En medio de la cínica marcación personal de la FIFA que carece de autoridad moral para hablar de nada, los empleados de la Federación, dueños de equipos, jugadores y medios de comunicación se debaten entre el ser y el deber ser del graderío, sin que nadie consiga resolver el entuerto.

Entre la idiosincrasia de llano con la que desde la tribuna cualquiera se doctora en quinto patio, los usos y costumbres que alegan los jugadores (sin usar esas palabras, claro está), el miedo de los equipos y los medios ante la disminución de asistencia-rating, y de la Femexfut por caer de la gracia de la FIFA y de paso perder puntos en el camino, el tema adquiere dimensiones irrisorias y no hay visos de que pueda tener otro derrotero, como no sea aplicar el tolete. Y la fuerza de la ley también.

Ahora resulta que la palabra puto no es ofensiva y mucho menos discriminatoria. Que la raza la utiliza como parte del chacoteo y que es una manera de hacer sentir la localía en un estadio de fútbol. En un país con profunda aversión por la homosexualidad es claro que decirle puto a un portero mientras despeja el esférico va más allá de pretender distraerlo. Se le dice puto para fastidiarlo, para poner en duda su masculinidad y, con ello, reducirlo a quien no siendo visto como hombre es, en consecuencia, homosexual.

Digo esto porque hay quien acude al simplismo de justificar el acto como si fuera guasa. Como si en la naturaleza taimada del mexicano se dispensara la homofobia al disfrazarla de pícara ocurrencia. Afortunadamente hay voces que se dejan escuchar y que van desde la descalificación antiestética hasta la apuesta por adjetivos sustitutos. Pero en el fondo el problema tiene que ver con el detonante que significa el espectáculo y su función como acto catártico.

La campaña inicial resultó ineficaz por ingenua y acabó por exaltar el ánimo resentido de la gran masa contra cualquier figura de control social. "Es que así es el mexicano, si le dicen que no haga algo lo va a acabar haciendo", se justificaron muchos ante el anuncio de la Federación. Cuentan por ahí que en cierta ocasión un padre de familia español le dijo a su hijo que si moría en México lo enterraran a España, y si lo hacía en España lo sepultaran en México. "¿Por qué padre?", le responde el crío. "¡Por joder hijo, nada más por joder!". Más o menos así va la cosa, pero sin una sola voz en serio que nos desnude los complejos.