Australadas

Problemas populares

Mi señor padre insiste en que se trata de un viejo pastor inglés que hace como que canta. Y al parecer la razón le asiste. Es conocido como el depresivo no químico más potente del mundo y sus letras son fiel muestra de ello. La histeria de la historia le ha puesto la etiqueta de mujeriego y él sostiene que injustamente fue tachado de truhán, en especial por las miles de noches en soledad. Hace tres años un puñado de baturros consideró que reunía los méritos suficientes como para otorgarle el Príncipe de Asturias. Y ochenta años después de haber llegado a este planeta sigue invocando a la sorpresa cuando sigue empecinado en hacer música.

El sacerdote canadiense dueño de la voz dorada ha vuelto a dar de qué hablar, y no es para menos. En su carácter de habitante distinguido del octavo piso, Leonard Cohen acaba de publicar su decimotercer disco para beneplácito de sus fieles y sorpresa del personal que mira con escepticismo a quien en vez de preferir el retiro opta por seguir en la carretera.

Popular problems es el nombre del material que la semana pasada Cohen dio a conocer en Londres y, como era de esperarse, el avispero fue pateado y los medios del mundo se han aprestado a cubrir el numerito, dada la estatura del protagonista y quizá también porque es probable que este sea el último disco que le veamos crear. Y es que a esa edad cualquier evento puede ser el último. Sin embargo Leonard ha acostumbrado al mundo a que tanto aventuras como desventuras sean, por lo general, las penúltimas.

Eso quedó claro hace dos años cuando vio la luz Old ideas, el celebrado disco que le trajo de nuevo a la vida pública y que puso su nombre en la memoria colectiva de una nueva generación que ignoraba su presencia. No obstante, en honor a la verdad, El Sacerdote no se había reservado a sus aposentos ni siquiera para retirarse a meditar. Demostrando que la tozudez es un antídoto contra los años, desde 2008 ha estado de gira o grabando. En conciertos donde la eternidad dura tres horas y media o en estudios que registran la voz de lija haciendo crónica del amor, la nostalgia, el dolor y la vida.

Un colega de aventuras tertulianas sostenía que sin problema habrían de caber en un puño los seguidores locales del querido pastor (canadiense) inglés, pero la lógica discursiva de un tipo que canta desde la oscuridad del alma rompe cualquier sentido. Cierto es que la horda de fans no es envidiada por ningún cantante pop, pero desde la selectividad y el sectarismo los que cantan sus canciones dan fuerza a la idea de que la suma de minorías hace una gran mayoría. Y para muestra ahí están Live in London y Songs for the road, los monumentales trabajos en directo que retratan en imagen al Cohen líder de la tribu, maestro zen de la tristeza.

Para ir abriendo boca y documentar el pesimismo sobreviven Dear heather, Ten new songs y The Future; están sus textos en Beautiful losers y The book of longing, y las acechanzas biográficas que afortunadamente siempre resultan incompletas, en tanto el tiempo siga pasando y respete la tarea en pos de la nostalgia. Leonard Cohen está vivo y, para ser congruentes a su manera de ser, está muriendo, con la sabiduría del cantor de las cosas que no tienen remedio. De quien sabe que, a pesar de todo, sigue sin haber cura para el amor.