Australadas

Pata jarocha de perro

Bajo la consigna de que en el mar la vida no sólo es más sabrosa, sino coquetona y hasta pizpireta, nada más se dio el banderazo de salida a las “vagaciones” de Semana Santa y antes que después la banda ya estaba trepada en la camiona con miras de respirar aire marino. El lugar que fuera, el chiste era abandonar el valle de lágrimas tolucense y hacerse a la mar. El destino, las ganas de echar cotorreo y cierta genealogía hicieron el resto.

Así fue como llegamos al rinconcito donde hacen su nido las olas del mar, Veracruz. Cinco horas mediaron para alcanzar el paraíso, eso y una buena dosis de estoicismo pues la brega por tierra es un poco demasiado cruenta. Tanto que hubo necesidad de hacer un alto para recargar la caja de los pambazos y seguir feliz por el camino. Unos buenos tacuchis de chile relleno y a darle al mole jarocho.

Dicen que barriga llena panzón contento y así llegamos chico rato después a Boca del Río. La Niña Verdolaga, que venía cuajada cual flan napolitano, no daba crédito a lo que sus “oclayos“ veían cuando nos aproximamos al malecón. Mientras tanto su señora mamá, La Mengana, hacía un ejercicio de memoria y casi se le ponía el ojito Remy al recordar sus años párvulos en este lugar. Agnes, la mayor de las hermanas dinamita, fiel a su costumbre permanecía impasible, pero en secreto festejaba el mar que se nos presentaba a raudales.

Y el Fulano que escribe se limitaba a sonreír derribando con ello un mito sabiniano, aquel que sostiene que el lugar en el que ha sido feliz uno no debiera tratar de volver. Y es que meses atrás los responsables de los días del autor de esta atalaya y el hijazo de su vidaza le caímos al puerto, dejándonos ir como gorda en tobogán y fuimos más que felices como lombrices.

Total que la banda llegó a tomar la algarabía jarocha instaladazos en el hotel. Desde el centro de operaciones dimos con el mercado de la ciudad donde el placer tomó forma de pescado a las brasas, al mojo de ajo, empanizado, de vuelve a la vida y de las extraordinarias pellizcadas que son un manjar de masa, salsa y queso de rechupete.

La noche nos sorprendió vagando por el malecón y llegó junto con un norte que hizo que los lugareños se pusieran chamarras y se sintieran transportados a Toluca la fea. Una vez que el ventarrón amaneció, pues duró toda la noche, caímos con nuestros huesos en El gran café del portal, que viene siendo algo así como el secreto mejor guardado de Veracruz.

Ahí le dimos gusto al gusto con la tamaliza, manjares de elote y hoja de plátano con hoja santa, chilaquiles de rompe-su-ma´ y el café lechero tradicional de por acá, acompañados por el consabido ambiente jarocho. Para rematar, unos helados de guanábana, nanche, maracuyá y cacahuate que le devolvieron el alma al cuerpo y nos hicieron creer que existe el edén.

Con el sabor aún en el paladar escribo estas líneas, sudando como marrano a pesar del mal tiempo y deseando que la ventisca marca diablo se vaya por donde vino para dejarnos echar cotorreo por la playa, pero deseoso, como el resto de la banda de que los minutos pasen leeeento, muy leeeento y las horas sean largas, muy largas.