Australadas

Pata jarocha de perro II

Alguien en el gobierno debería ponerse guapo y elevar a rango constitucional el goce de una semana de descanso posterior a las vacaciones. Con ello no sólo se granjearía el fervor público, sino que además conseguiría que la horda de vagantes no regresara tan estropeada de los días de esparcimiento. Escribo estas líneas pensando en ello luego de que mi banda tomara por asalto el puerto de Veracruz durante la Semana Santa, que se convirtió por puro gusto y cotorreo en días de no guardar.

A pesar del norte que puso el mar revuelto y los pelos de los bañistas en estado de caos, lo pasamos bastante bien. Mi señora, La Mengana, y su Fulano escribidor nos dimos un quien vive con la gastronomía del lugar, a grado tal que me parece haber comido la dotación de tamales de todo el año en unos cuantos días. Ya que si algo caracteriza a Veracruz en cuanto a su cocina es el empleo del maíz. Los tamales se imponen como prioritarios receptores de tan generoso ingrediente.

Pero no sólo de tamales de hoja de plátano vive el hombre y su mujer, por ello, le entramos con jarocha alegría a las picadas, que son sopecitos con salsa, queso y crema; las empanadas que me hicieron recordar mis años párvulos plenos de quesadillas de queso, y las gordas negras, llamadas así por el favor de la masa azul. Todo enmarcado con salsas de rechupete y una sazón digna de un gourmand, misma que era puesta al servicio de chilaquiles de antología.

En esta lógica de la tragazón desfilaron ante nuestros ojos los placeres olfativos del café lechero, toda una aventura cuando es servida la leche desde lo alto para depositarse en un vaso que contiene café concentrado. Con la beberecua aparecieron, but of course, las canillas, una especie de trenza con y sin azúcar, y las bombas, conchas rellenas de nata o de "frijolianos" o sin nada más que el sabor característico de este pan completamente dietético.

De los manjares callejeros hubo de todo y sin medida, mangos jugosos y alucinantes con limón y salsa picante, que eran vendidos a pie del malecón, justo a un lado de los elotes asados con todo y cáscara y que eran coronados con una salsa de chile de árbol que no sólo picaba, sino que hacía temer por la integridad de las uñas de las manos.

Pero la joya de la corona la encontramos sin duda en los helados, que genéricamente llaman "Güero, güera", apelativo que viene siendo como con los tacos de barbacoa que rumbo a Ixtlahuaca, sin excepción, se denominan "El carnalito". En los helados descubrimos la magia de la otredad con el nanche, una variante de la familia de los duraznos; la guanábana que incluía porciones generosas del fruto entre la nieve y la vainilla de un café claro muy distante del tradicional color amarillo industrializado.

Así transcurrió el tiempo en el puerto. Y no es que hubiéramos ido exclusivamente a comer, pero quien es uno para decir no cuando se abre ante nuestros ojos un paraíso como ese del que hablaba el Flaco de Oro, cuando refería el rinconcito donde hacen su nido las olas del mar. Sabor intenso, mar revuelto, aire de costa y un calor que invitaba al minimalismo textil, al solaz y el disfrute de los sentidos. No era mucha comida, era demasiado trabajo por cubrir para este espacio. Y como se sabe el sentido del deber se impone.