Australadas

PIPOPES

Se dice que un lugar común es una verdad gastada. Creo que no por gastada deja de ser cierta. En este tipo de vericuetos mentales cae uno cuando se somete a largos ratos de manejo un domingo por la mañana. Con la idea de cumplir labores escolares salimos rumbo a la capital poblana La Mengana, su Fulano y La Niña Verdolaga. La misión era visitar un puñado de sitios emblemáticos y realizar una crónica fotográfica para una revista encargada a la pequeña que, por supuesto, acabaría haciendo alguien más. "Te va a tocar ayudarle", me dijo La mengana, con ese tono que me regala cuando todo está consumado.

Eran las 10 de la madrugada del domingo cuando tomamos carretera. Doña Mengana, enfundada en su cada vez más portátil anatomía, bebiendo la rigurosa malteada macrobiótica. La Verdolaga recetándose una novelita de aventuras. Y este Fulano pensando en los lugares comunes y las verdades gastadas. "Pi-po-pes", pensé en voz alta, a sabiendas que el apelativo serviría, más que para definir a fuerza de lugares comunes a los poblanos, para iniciar la charla de carretera. Bastaron tres horas y media de viaje para averiguar, en la chulada que es Puebla, que el top tres de los peores seres al volante son poblanos, tolucos y chilangos. "¡Es que manejan con las patas!", dije a La Mengana, mientras ahogaba las ganas de mentar madres.

Lo que siguió fue una serie de encuentros con otros sitios comunes, de esos que se obligan al turista en proceso de iniciación. La visita al Fuerte de Loreto me hizo transmutar en profe de Historia de México, para darle un tour a La Verdolaga por los tiempos de Zaragoza. No deja de ser increíble, pensé, tocar tierra en este pedazo de pasado, al tiempo que advertía otro lugar común, de esos que hacen época: "Mira, Bruja", dije a la que también funge como dueña de mis quincenas, "en esa foto está el centro histórico de todas las ciudades del país". El recurso valió el chistorete por cuento personaje se dejaba retratar ahí.

Llegó la caminata por el centro, enchiladas con molazo obligado, la catedral con su imponente orden, unos churros para guardar la línea y El Parián como epicentro del arte en talavera. Luego de tantas verdades en uso volvimos a la carretera. Entre vendedores ambulantes que ofrecían el dulce típico del lugar, recordé un viejo lugar común. Cada que advierto a un amigo que pienso ir a Puebla, él, que lleva en mente el tubérculo poblano, dice sin miramientos cuando ofrezco llevarle algo: "A mí no me traigas nada, por favor".