Australadas

Operación “aifon” independiente

Todo por andar a la trompa talega y dejando las cosas para despuesito. Entre el arte de la ingesta de tubérculo poblano, la vernácula tradición tenochca del "hora pa´l lunes" y las méndigas vacaciones, los sentidos se atrofian, la cabeza da vueltas y a la inversa de los espejos retrovisores las cosas están más lejos de lo que aparentan. Por eso se me pasaron dos situaciones, causa y efecto una de la otra.

Cuando el Hijazo de mi vidaza, que viene siendo básicamente mi progenitor, me dijo con voz entre solemne y entristecida: "ayer acabó el plazo para registrar las candidaturas independientes", supe que Brozo, Krusty y Cepillín me habían cargado. "¡No es posible!", le dije al autor de mis días. "Ahora no va a quedar más remedio que trabajar y esperar al otro año", agregué. "Pero si son tres años los que median entre uno y otro proceso", dijo El Don. "Sí, pero esperar otro año para olvidar que hay que postularse", y puse cara de "Simpatías".

En realidad eso le pasa a uno por confiadote. Aunque para ser honestos jamás me pasó por la chompa ser "candidote" a nada, en épocas como ésta prácticamente uno anda ausente de casi todo, incluyendo la serie de pendientes que se van acumulando a lo largo del año y que siempre se desea realizar firmemente en "vagaciones". Pero cuando llegan los días de descanso se preferiría que no hubiera promesas por cumplir. O problemas que resolver.

Heme entonces en la brega del cumplimiento. Y la titánica labor me llevó hasta el Eje Central para tratar de rescatar el orgullo herido de mi "aifon", cuyo botón encendido había bailado las calmadas varios meses atrás. La monserga incluyó todas las demoliciones del México bárbaro: un imberbe con aires de iniciado, con una tos de perro que me hizo temer por la salud de mi celular y unas habilidades bastante deplorables para su negocio.

Como era de esperarse y luego de lamentar mi estúpida aunque audaz decisión, el aparatejo del infierno siguió sin funcionar. Al cabo de una hora de espera para que secaran las partes limpiadas y ya lejos del mentado chiringuito en la Plaza del celular, descubrí que había invertido (perdido, para ser honestos) tiempo, dinero y lo poco que me quedaba de fe en la chilanguería.

Dibodobadito, habría dicho Germán Dehesa. Y como en esta geografía sin límites sabemos que siempre de lo perdido hay que celebrar lo encontrado, me reconfortó saber que más allá de la no compostura, el telefonito funcionaba como antes. Incluso mucho mejor, pensé, al descubrir al día siguiente en otra plaza pero de Toluca, que me habían birlado un par de antenas y tres tornillos. "¡Chale!", le dije al nuevo "experto" en telefonía. "Ya ni en los lugares patito se puede confiar.

Por eso me olvidé de las candidaturas independientes. Por andar pensando en el "aifon", pero también por las necesarias aunque inmerecidas vacaciones, porque la mente anda muy lejos de donde se encuentra el cuerpo y, sobre todo, porque ya lo decía el filósofo Paco Stanley, uno se da cuenta de que se está haciendo viejo cuando ocurren dos escenarios, primero uno empieza a olvidarse de las cosas, y segundo... bueno, el segundo ya se me olvidó.