Australadas

Mercadito snob

Por razones ajenas a mi comprensión, desde chamaco siempre me han gustado dos cosas: andar de pata de perro y en franca borregada. Lo que significa vagabundear sin rumbo fijo mirando aquí, allá y acullá. Y cuando se ponían de acuerdo madre y abuela para ir a dar el rol al tianguis de los viernes de Toluca la fea, se me juntaban el hambre con las ganas de comer. Contrario a la tradición por la cual los escuincles se vuelven más insoportables cuando los traen como chinanpinas, El Carlangas ni pío hacía y más tardaban en decir "vámonos" que ya andaba más puesto que un calcetín. Juiloncito, diría mi padre.

Gracias a esa indeclinable voluntad parvularia los tianguis me resultan algo familiarmente fabuloso y digno de ser celebrado. Y aunque desde chaval aprendí las artes de la exquisitez y la etiqueta, el código de barras me traiciona demostrando que lo mío, lo mío, es el barrio, la raza pues. De ahí el disfrute entre merolicos, locatarios, marchantas y un titipuchal de entusiastas del regateo. Por eso me volvía loco nomás llegar a la comida y entrarle sin piedad a las pruebas de tostadas con crema y queso rayado. Al tacuchi de cecina con papas. A los trozos de fruta recién cortada.

El golpe de la nostalgia me llegó de pronto con esta escena en pretérito, luego de una reciente acometida al "defectuoso". Con la idea de que me diera el aire y de paso mitigar la curiosidad, los pasos de este fulano dieron con el Mercado Roma. Se trata de un tianguis de puestos fijos que se ubica en la calle de Querétaro, en la colonia Roma Norte. Me cuentan los enterados que el diseño de la nave es autoría de Michel Rojkind, el otrora baterista de Aleks Syntek y La Gente Normal; que el placer gourmet es un continuum ahí, y que sólo la gente bonita se deja ver por esos lares.

Contrariando a la tendencia di con mis huesos en el mercado, para atestiguar el maremágnum de, parafraseando al filósofo Syntek, lindas criaturitas que pululaban por sus pasillos. Chicos totalmente palacio dándose baños de pueblo chic. Una versión región cuatro y medio del Mercado de La Boquería de Barcelona, que hace posible que las buenas conciencias experimenten el contacto con la masa lejos de la misma. Y como entre gitanos las manos no son leídas, unos con otros se toleran humores y arrimones.

Nada que ver con el Mercado de San Juan, en Ernesto Pugibet, ahí mismo en la capirucha. Aunque en este templo del sabor también se dejan ver los "fifís", como quien distraídamente llega a un sitio más propio de la mente de Juan Rulfo que de la cruda realidad tenochca. En la Roma no hay frutas ni verduras exóticas, menos aún puestos de pescados, mariscos y carnes surrealistas. Nada sino onanismo popof por la vía del paladar. Tapas y focaccias, tintos, tortas globalizables, aguas con ingredientes dignos de gourmand, cárnicos tan empaquetados como marmoleados.

Y aunque no voy a negar que se come bastante bien y se bebe mejor, no deja de llamar la atención que se reproduzcan los comportamientos que subsisten en la vida de los mercados comunes y corrientes desde hace cientos de años. Las aglomeraciones, los olores, el ruido y la atmósfera casi sofocante. La misma gata pero revolcada, el mismo rollo marchantero aunque con locatarios de diseñador. Al final la experiencia del guateque y la borregada es lo que cuenta, sin importar que sea debut, beneficio y despedida.