Australadas

Marketing, burócrata

Siempre he pensado en la empatía como estrategia para sensibilizar hasta al más piedra de los entes. Hacerle ver los sinsabores de los demás a otro es una estupenda vía para conseguir entendimiento y mejores condiciones de vida. Por eso se me ha ocurrido que los funcionarios encargados de las vialidades, la seguridad, el orden y otras linduras públicas, viajen en autos con mala suspensión para que sientan lo que es caer en los cráteres que pueblan las calles. Que caminen por la ciudad a deshoras y sin guarros para apreciar el pánico de la raza ante la posibilidad de ser asaltados. Que sean víctimas de la gandallez de quienes se apropian de las banquetas y las calles, de quienes se pasan por la entrepierna señalamientos, indicaciones y reglamentos.

A ver si así comprenden mejor los que a eso se dedican, es decir los empleados de la administración pública que ganan como si su talento estuviera al servicio del pueblo y no de su partido o del patrón que les puso en la ubre. En una de esas los sospechosos comunes acaban entendiendo que, como en las empresas privadas, el éxito de la fuerza de trabajo es el éxito del changarro en cuestión y, por ende, del dueño. Pero la idea vale para dos cosas cuando el servicio público es un escalafón que les otorga mejores favores políticos si continúan saliendo en la foto, es decir, si permanecen cuadrados y arrastrándose ante el mandamás.

En tiempos de emprendedurismo y autoempleo, de iniciativa e incubadoras de empresas, a pocos administradores públicos se les ha prendido el foco y han sabido capitalizar el marketing de la cercanía con la gente. Esa que no es medida electorera, sino prueba de la sensibilidad de quien anda las calles y se codea con la población. Lo que para otros son baños de pueblo, en la práctica eficiente de esta estrategia, la del marketing popular, que no populachero, se trata en realidad de un termómetro para medir la satisfacción de la gente. Y eso, además del nivel de seguridad y el acceso a mejores oportunidades de vida, es lo que determina la calidad de un lugar.

Sería fantástico que tuvieran que andar en el mísero pavimento que fastidia las llantas. Que supieran lo que es llegar a casa con el Jesús en la boca. Que no haya guaruras que saquen la cara e intimiden ante una injusticia callejera. Que sintieran de verdad. Es eso o seguir recibiendo mentadas de madre. Y votos de castigo por una ineficaz labor espléndidamente remunerada.