Australadas

Lúdica radio

Hace años, durante un verano especialmente lleno de ocio, me pasé varios días marcando a una estación local para pedir una canción. Eran tiempos en los que no había "yutub" ni "aipod", y en casa no tenía el disco con la rolita de la cual no pienso acordarme (todos tenemos nuestros lados "b" en la vida). La respuesta que obtenía siempre era la misma, "claro que sí, vamos a pasar tu mensaje al locutor". Y a esperar infructuosamente, porque jamás programaron mi bodrio. El tiempo pasó y por esas extrañas razones que tiene la vida llegó a mis manos el disco y la dichosa canción.

Durante mi época de estudiante universitario, un cuaderno de doble raya juzgó oportuno leer El coronel no tiene quien le escriba. "Ese libro lo debiste haber leído hace rato ya", dijo un profe con esa mala leche que suele dar cierta experiencia y una muy dudosa calidad humana. "Éste es tu tiempo para leerlo", le dije a mi cuate, con la certeza de que los libros como muchas cosas en la vida nos tocan cuando menos lo esperamos. Así me pasó con aquella rola nunca complacida en la radio local. Aunque cuando me la encontré poco o nada tenía que hacer con ella, como no fuera escucharla una vez y nada más.

El hecho me hizo recordar aquella época en la que con mi carnalito El Vakey disponíamos lo necesario en la casa de mis padres para jugar a la radio. Un estéreo Admiral donde grabar, unas cuantas cancioncillas melosas de adolescente, un entusiasmo a prueba de todo y el ejemplo a seguir de los locutores de una estación que no era, por supuesto, la que tiempo después negaría mi deseo de legítimo radioescucha. Ensayábamos la presentación del programa y nos dábamos a la tarea de leer información inventada del "choubisnes" (no había internet y mucho menos Rolling Stone o ya de perdis el TV Notas).

Cuando mi carnalito se ausentaba, de a solapa dedicaba las vacaciones a mezclar diálogos de canciones para formar algún mensaje, según yo subliminal o bastante explícito, que generalmente redundaba en asuntos escatológicos y que, para fortuna de las buenas costumbres, acabó en algún casete magnetizado. Eran tiempos de estéreo 102, con Arturo Forzán, Enrique Perera (el de "¡vamos a echar un rocanrolito!") y aquel locutor con afanes "miguelangelcornejescos" llamado Ernesto Peña, el mismo que luego se aventaba sus palomazos en los toquines de la estación y que acumulaba grupis gracias a su melcochoso estilo.

Con los años llegaron el "yutub", el "aipod" y muchas cosas más que me hicieron recuperar la memoria junto con la música de aquellos tiempos. Y también llegó el recuerdo de los veranos donde jugar a hacer radio era un antídoto contra el ocio y la modorra. ¿Quién iba a decir que acabaría ocupando mis veranos adultos (y el resto de las estaciones del año) entretenido en la frecuencia modulada? Como con mi cuate y el texto de García Márquez, la radio me tocó en el momento justo, algún tiempo más tarde. Y aunque la sala de la casa de mis padres cambió por la cabina del 91.7, sigo jugando a hacer radio, como quien descubrió una aventura para toda la vida.