Australadas

Imagologadas

Hace algún tiempo conocí a alguien que me resultó una chucha cuerera para el asunto de la imagen pública. Había estudiado en la escuela de Víctor Gordoa (el mismito que salía en El mundo del espectáculo, con Paty "Chismoy" en los 80). Se especializaba en consultoría de figuras de la polaca y, literalmente, hacía lo que podía con lo poco que tenían los adefesios públicos. Le aprendí algunos secretos del negocio y comprendí, en carne de los presuntos implicados, que a veces es preferible quedarse callado y ser sospechoso de idiota, que abrir la buchaca y despejar cualquier duda.

Me fueron enseñados en un curso exprés de imagología, que es como llaman los iniciados a la administración, diseño y reingeniería de la imagen pública, los recovecos del asunto, en especial cómo sacarle provecho a las ventajas y minimizar los defectos, algo que las féminas dominan hace siglos, y que los varones apenas hemos comenzado a comprender (y no muy bien que digamos). Aprendí en la práctica la importancia de los símbolos aplicados a la vida social y me encontré de golpe y porrazo con la certeza de que menos siempre será más.

Pero sobre todo caí en la cuenta de que, incluso en tiempos de virtualidad emergente donde a las palabras se las lleva el viento, donde una imagen vale menos que mil palabras, donde la memoria sufre Alzheimer colectivo, no hay oportunidad para una segunda oportunidad cuando se riega el tepache y, mucho peor, una imagen desgastada es el seguro más eficaz contra el éxito. Esto viene a cuento por los recientes exabruptos de tres impresentables personajes que han dejado claro que dominan como pocos el arte de escupir para arriba.

Comencemos con Cuauhtémoc Blanco, el flamante alcalde de Cuernavaca, amo de los ocho ángulos de la espectacularidad barriobajera y poseedor de una clase que ya la quisiera la nobleza europea más rancia para un domingo por la tarde. El inventor de la "Cuauhtemiña", el mismo que festejaba haciendo de a perrito en las redes de una portería de fútbol, el taimado que se mazapaneó a David Faitelson es la nueva cara de la administración pública en aquella geografía. Gracias al vicio de la democracia por el que la mayoría sabe y decide lo que es mejor para todos, El Jorobado de Nuestra Señora de Coapa dará clases de cómo cuidar como nadie su imagen pública: mal.

Casi como Miguel Herrera, el villano favorito de la perrada. Dice Juan Villoro que lo peor que le puede pasar a un mexicano es ser exitoso, porque entonces todos se le van a la yugular. Mentira. Lo peor que puede hacer es vender falsas expectativas, acabar perdiendo y quedar en ridículo. Y para colmo granjearse una disputa con alguien como Cristian Martinoli, más ilustrado, inteligente y creativo (que tampoco se requiere demasiado para opacar al Piojo), donde ha acabado perdiendo un capital público considerable.

Y para quien crea que es demasiado, que le pregunten al copete más famoso (y no es el de Peña Nieto). Donald Trump y su sangre de chinche es la víctima de moda luego de quemarse odiando con odio jarocho a los migrantes hispanos. Como estará de quemada su imagen que hasta Televisa ha marcado distancia. Y para que esas nobles criaturitas dejen pasar la oportunidad de ganarse una lana, está canijo.