Australadas

Hortojrafia

"Ya llejé", le escribió orondamente uno de mis primos a su progenitora hace algunos años vía mensaje de texto. La anécdota, además de jacarandosa, ha dado para edificar una tradición familiar que se repite cada que hay necesidad, tanto de avisar el arribo, como de celebrar la involuntaria puntada. Baudelaire cita en su fabuloso pasaje "Mi corazón al desnudo", al perfecto maestro de las letras francesas, Theophile Gautier, con una implacable sentencia: "Yo pondría hasta la ortografía en manos del verdugo". Naturalmente mi carácter de primo alcahuete me obliga a ser condescendiente con el autor de aquel mensaje. No así con todo aquel que osa pasearse el "buen castilla" por las regiones menos iluminadas del cuerpo.

Recuerdo que en mi época de escolapio, el corazón bandolero latía a mil por hora ante la cercanía de alguna fémina de no malos bigotes. Pero bastaba encontrar una falta de ortografía en sus tareas o ejercicios escolares para que se me fueran las-ganas-de. En el colmo de mi obsesiva compulsión, comparaba la desafortunada falla lingüística con el mal aliento o incluso los malos modales y era razón de sobra para convertir a la interfecta en parte de esa lista de promesas a olvidar sobre las que canta el buen Enrique Bunbury, o séase que la shikita en cuestión se transmutaba en exiliada de mis afanes donjuanescos. "Dibodobadito", solía decir mi querido Germán Dehesa.

Entiendo que ni tanto que queme al Santo, el enmascarado de plata, ni tanto que no lo alumbre, pero pienso que algo debería haber en medio de esa lapidaria sentencia de Gautier y el desánimo del escuincle incandescente. En especial cuando es tan común la indiferencia hacia las palabras y su descuidado y consecuente uso. En la vía pública, cosa que debería elevarse a rango de delito ambiental, o de atentado contra la higiene visual; en el ámbito de lo privado, por aquello de fomentar malos hábitos. Aquí, allá y acullá. Si es verdad lo que dicen las lenguas viperinas, que la mala ortografía es una enfermedad de transmisión textual, habrá que protegerse con los oficios de un preservativo semántico. Mínimo.

Tal vez por eso me declaro Grinch de las redes sociales, de ellas y de cualquier otra cosa que tenga tufo a libertinaje verbal. Porque lejos de ser un acto de creatividad, en el uso del lenguaje, denota un profundo desprecio por la historia de las palabras, incluida esa maravillosa experiencia llamada etimología; por el desarrollo de la cultura de los pueblos, por la evolución de la especie y todo el universo que implica hablar como un acto inminentemente racional. Por eso odio el "guatsap" y su infame corrector, que suele obligarme a ser más papista que el Papa y a maldecirle cada vez que escribe "una costra por osa". Por eso me cae en pandorga la mala ortografía y el uso del idioma con la patas.

En último de los casos, escribir sin cuidado es un acto de fallida supervivencia. Como con el cerdo que se encuentra una lámpara maravillosa y frotándola le pide al genio que le haga cazo, lo que deriva en una preparación de carnitas al más puro estilo Quiroga. O qué decir de aquella lección que se anticipa a lo probable: No confíes en un hombre con mala ortografía, seguro te va a buscar el punto J.