Australadas

Hipócritas y antropoides

"Aquí le llamamos a la pepa, pepa, y al pito, pito". Así solía comenzar sus programas de radio la sexóloga Anabel Ochoa, con esa manera de ser tan desenfadada y frontal que la caracterizaba. Se trataba de una mujer que sabía que la sexualidad es un asunto que debe abordarse sin tapujos y llamándole a las cosas por su nombre. Y entendía que este método tendría que ser aplicado a todas las esferas de la vida.

Como los caminos del Señor suelen ser extraños, llegué al recuerdo de este personaje gracias al diluvio de críticas con que se ha empantanado el terreno pambolero desde el fin de semana pasado. Durante el partido León-Pumas del sábado, se le adjudicó a La Rebel, la porra más radical de los universitarios, hacer bullying sistemáticamente a dos jugadores del equipo local. Derivado del tono moreno de piel, los leoneses escuchaban sonidos que asemejaban a un simio cada que tocaban la pelota. Y desde luego los dedos flamígeros se posaron sobre el grupo de animación más rápido que aprisa.

Como si la porra en cuestión necesitara motivos para ser reprobada, su comportamiento ha despertado la animadversión de las buenas conciencias, a tal grado que sólo les falta pedir que la voz oficial del estadio de C.U. sea Peña Nieto, nada más para que aprendan a no hacerle al gandalla. Afortunadamente también se han manifestado aquellos que tildan de hipócritas a quienes se espantan de semejantes desgarramientos de vestiduras.

Y no es que se celebre la patanería de La Rebel, que por lo demás suficiente ha hecho para granjearse un lugar en el salón de la infamia de las porras. De suyo es reprobable que a estas alturas del partido sigan abonando con su irracionalidad a enrarecer el clima de este país en ruinas. Más allá de la incorrección política, que sería lo menos importante, ponen su granito de arena para que la violencia, por más simbólica que parezca, prive en el día a día del imaginario mexicano al recurrir al insulto, la burla y la discriminación.

Podría parecer exagerado que se equipare el comportamiento de la barra auriazul con otras manifestaciones virulentas de índole social. Pero si en algún sector tendría que caber la cordura y la más elemental de las inteligencias es en un reducto de la Universidad, aunque ya se sabe que muchos de sus integrantes tienen de universitarios únicamente la playera que se quitan para arengar a su equipo desde la tribuna.

Durante muchos años acudí al Olímpico Universitario a los partidos de los Pumas y no solo sé de lo que hablo, sino que además fui testigo de la visceralidad del resto de las gradas. Contra el equipo visitante, sus porras, el árbitro e incluso los jugadores y cuerpo técnico de la propia UNAM. Basta recordar la cólera que desató en su momento "Ego" Sánchez con sus desplantes y malos resultados.

El problema en todo caso no es que se profieran expresiones discriminatorias hacia los jugadores, sino que mientras las imitaciones de sonidos antropoidales son censuradas, el grito de "¡puuuuto!" cuando un portero se deshace del esférico no sólo no se reprueba, sino que además mueve al jolgorio y la chorcha incluso de los propios comentaristas de televisión. Seré curioso, ¿somos impresentables a conveniencia? O peor aún, ¿tendríamos que aprender a llamarle al pito, pito y a la pepa, pepa?