Australadas

Güelcom tu de yongol

"Charly, ¿estás ahí?", insisten en jeringar los Minions, mis pupilos de la universidad, al tiempo que me ven llegar a clase con cara de felicidad y un aura que contrasta con el rictus de estreñimiento del grueso de la perrada. Estoy de vuelta en México, luego de la gira artística por Carolina del Norte en compañía de La Mengana y La Niña Verdolaga. Y sí, traigo cara de escuincle que acaba de salir de Disneylandia, molido por los vaivenes del vuelo, pero feliz como lombriz. Carita que, espero, me dure al menos 25 años, si no es que alguien sale con su batea de babas por acá, digamos un político o cualquier otra "desfigura" pública.

Contrario a cualquier oficina de gobierno, la vida no hace esperar demasiado ni le hace al ensarapado: el rostro se me hace chilaquil nada más enterarme del batidillo que hay por acá. Me cuentan mis fuentes que las cosas se han puesto del cocol. Que el surrealismo en México ya es un municipio más y que lo gobernará El Cuauh. Al ritmo de "estoy feliz, me los chingué", el flamante alcalde de Cuernavaca tendrá la encomienda de demostrar que más vale bueno por conocer, aunque ignoro qué sea más complicado, algún destello de buen gusto de su parte o que lo dejen gobernar quienes lo pusieron ahí.

Entre "La Cuauhtemiña" polaca, la irrupción de los candidatos independientes y los exabruptos por evitar las elecciones de los profes que marchan pero no enseñan, la nuestra se ha convertido en la patria que Kafka hubiera querido para sí, pero que nunca tuvo tanta suerte. Para acabarla de amolar, la "Salación Naconal" sigue jugando a jugar y fallando como es su costumbre, mientras al Piojo Herrera ya me lo van a inscribir a cursos de manejo de redes sociales. La Mengana insiste que nos regresemos a Charlotte y razón no le falta: en este sitio estábamos mejor cuando estábamos peor.