Australadas

Guácala yom yom

Fue hace algunos años cuando cierta criatura que surcó brevemente los caminos de mi vida me puso en predicamentos por la vía de mis filias culinarias. "¿Tostadas de mole?", preguntó sorprendida. "¿Qué tiene", le dije, "es lo más normal del mundo". Como respuesta obtuve una sonora carcajada y esa típica mirada, cada vez más familiar, que encierra la frase "qué mal estás hijo mío".

La razón del numerito con tintes de dramatismo gourmet tenía como protagonista una indefensa tostadita de mole verde y sus camaradas de picadillo y de jamón con queso deshebrado, algo nunca antes visto para el ente erigido en crítico gastronómico. El acabose llegó cuando le lleve a comer tortas de chile macho. "¿Chile qué?", preguntó mientras le hincaba el diente a la tortuga. Y luego de la primera mordida no volvió a chistar ni a quejarse de las ocurrencias.

El asunto adquirió tintes costumbristas cuando la autora de los días del ser aquí ventilado aprendió a hacer chile macho para beneplácito de su chilanga familia. "Aquí es tan normal como las tortas de mole poblano y los pambazos de tinga", presumí, momentos antes de que la raza me mirara con franca compasión. Y si de verdad desean saber por dónde masca la iguana, deben agregarle al mole su rebanada de huevo duro.

Ahí fue donde comencé con el inventario de exotismos propios de un tragaldabas, que de cotidianos ya ni parecen extravagantes. Para empezar están las tortugas de salchicha hervida; los tacos dorados de lengua de res. Panzole, una extraña y pizpireta mezcla de panza con pozole. Y qué tal los tacos de tacos dorados: una exquisitez de tortilla dorada en aceite con pollo deshebrado, envuelta de tortilla blanda. Y las clásicas hamburguesas rellenas de carne y coronadas con papas a la francesa.

Claro que el asunto fue mucho más allá, con un listado ante el que hay que advertir a los lectores susceptibles de la peligrosidad del mismo, por lo que se sugiere discreción o abstinencia de continuar leyendo. Tortas de plátano; huevo estrellado con salsa cátsup y limón; tacos de mayonesa; puré de jitomate con miel de abeja; bollos de hamburguesa con gelatina; palomitas con aderezo ranch; conchas con frijoles y nata; teleras con agua de limón; sopa de fideo con plátano; sopa de cebolla con salsa Valentina.

Y la lista se engrosó hasta adquirir proporciones épicas, en especial cuando la raza, que antes se mostraba escéptica, se involucró al punto de sacar sus propias filias al sol, dejando demostrado que en disgustos se rompen géneros. Nachos con queso y sorbete de cereza. Frijoles en salsa de tomate, leche condensada y crema. Coca cola con leche. Sandía con mayonesa. Taco de azúcar. ¡Clericot con tamales! Queso Filadelfia con polvo de chile y tamarindo. Doritos con Milky Way. Tacos de espagueti con guacamole. Y crujipollo con mermelada.

Ahí fue cuando la hembra del porcino reviró el apéndice posterior y entonces supe que habíamos tocado fondo. Así que me di por vencido, comprendiendo que mis adoradas tostadas de mole eran un acto de costumbrismo ante semejante atropello a la sazón.