Australadas

Fans from hell

Pocas cosas hay tan molestas en la vida como un reportero con alma de grupi. Nunca he sido un rockstar (Dios y Monsiváis me libren), pero eso no me impide entender la monserga que padecen los famosos con quienes, en teoría, están ahí para cubrir sus panchos escénicos. Es que no se puede ir por la vida siendo juez y parte, y menos jactarse de ello.

Me cuenta mi cuatacha de la radio, Lady Gabba, que hace poco cuando se dejaron caer por Toluca la fea Los Tigres del Norte, Molotov y compañía, la conferencia de prensa fue todo menos un escenario para obtener las impresiones de los músicos. El numerito se transformó en una insulsa demostración de fanatismo por parte de muchos de los "representantes de los medios", que más que eso eran corresponsales de sus propias filias reportando para el feis o Instagram.

¿Y la labor periodística apá? Bien, gracias. La horda de pubertos y adolescentes tardíos acreditados como prensa le dio en la torre al evento con su indigestión selfie. Y lo poco rescatable de la rueda fueron algunas respuestas a cuestionamientos sosos propios del lugar común, más que de gente informada y lista para exprimir a los entrevistados.

Supongo que no debe ser fácil tener de frente y sin guarros de por medio a los héroes de la cultura de masas, después de que por años se ha sido un terrícola más corriente que común. Nomás no es de Dios. Por eso las escuelas de comunicación y periodismo deberían preparar a los chavales para manejar su histeria selectiva, para saber cómo reaccionar ante la imprevista aparición de una celebridad. Y sobre todo para no sucumbir ante la tentación de adorarle hasta las excrecencias a un ídolo popular.

Hace algunos años, cubriendo un Vive "Ladino" me vi de pronto en un área en la que se supone que como prensa no debía estar. Era la zona donde el elenco del festival se daba vida de pachá con tragos y comida gratis y en abundancia. Ahí, mientras se gestaba la hoguera de las vanidades con muchas de las estrellitas del rock tenochca, este fulano que escribe se sentía como niño en dulcería.

El único inconveniente era que no podía sacar la grabadora para hacer entrevistas pues eso me delataría indudablemente. Y mucho menos podía mostrar signos de debilidad teniendo ante mí a monstruos sagrados como los Botellos de Jerez o gente de la farándula rocanrolera pagana como Joselo, del Cafeta, Héctor Quijada de La Lupita o Eli Guerra.

Así que no hubo más remedio que entrarle al guateque y metamorfosearme en estrella del rock, esperando, primero, no ser sorprendido y, segundo, el momento justo para sacar las entrevistas que, luego me enteraría, nadie más había podido obtener.

Pero no fue empresa fácil, yo hubiera querido empinar el codo con El Mastuerzo, cotorrear de lo lindo con Rubén Albarrán y echar el chal con la Guerra. Y subirme al escenario con los Molotov, seguir la pachanga en el "after" y llevarme de piquete de ombligo con todos ellos.

Por eso entiendo a esas tiernas criaturitas que cubren el showbisnes, que ante la labor placentera del periodismo se decantan por el ingrato mundo grupi. Es verdad, se trata de una labor dura, pero alguien tiene que hacerla.