Australadas

Estupor en los tiempos del Periscope

Algo torcido debe haber en esta vida matraca para que de un choque entre dos dignos representantes del Paleolítico el más sosegado haya sido El Piojo Herrera. Esa escena en la que se rasga las vestiduras con Ricardo Lavolpe, en una charamusca al ritmo de "¡chusma, chusma!", es de una virilidad casi tan encomiable como la del guarro que le acomodó sus cates a un pobre parroquiano, ante la mirada implacable de su amo, el dueño de un Ferrari, que es tan pobre que no tiene más que dinero y que tal vez por ello decidió emplacar su carcachita en Morelos. Para no pagar tenencia, dicen los malpensados. Que Miguel Herrera haya sido quien entrara en razón en medio de una cámara húngara donde se armó el trucutrú solamente puede tener un par de explicaciones: Su mujer lo amenazó con mandarlo a dormir a la tina si se volvía a agarrar a trompadas como lo hizo con Martinoli o se está preparando para ser candidato ciudadano en pos de la silla grande y necesita convertirse en ejemplo de civilidad y elegancia. Como quiera que sea y a pesar de haber (casi) dominado los demonios que lo convierten en cabra en cristalería, El Piojo debió haber comprendido, con esa sapiencia que exuda copiosamente por su humanidad, que Lavolpe no practica el Manual de Carreño antes de los partidos por una simple cuestión de cábala. Lo que no alcanzo a comprender es la razón de semejante cábala, en especial para un tipo que ha pasado con más pena que gloria por el pambol mundial. Para nadie es un secreto que El Bigotón es afecto a los asuntos místicos, pero hasta el más aferrado de los fanáticos comprende que cuando una cábala no funciona carece de sentido seguirla practicando. Caso contrario a lo que ocurría con el arte del periscopeo, comandado por el sensei Arne aus den Ruthen, que de tan bien que funcionaba alguien tenía que colgarse de su eficacia. Era demasiado bello para ser real que se transmitieran imágenes en video sin que nadie fuera a lloriquear a Derechos Humanos. Pero resulta que Lady Basura le encontró la grieta al tema y argumentando la exposición de su chilpayate a la cámara que le deja caer la burocracia por la vía del ombudsman.

En su libro Dios es redondo, Juan Villoro sostiene que para el mexicano algo peor que cometer una falta es reconocerla. Por ello resulta más sencillo mentar madres y manotear cuando alguien se percata de las patanadas que se hacen en la vía pública y que acaban siendo carne de cañón en Periscope. Eso o salirse por la tangente como ocurrió con tan admirable dama. Como quiera que sea la cosa está del cocol y todo puede ocurrir en estos tiempos, incluso un milagro como el de la doñita que salvó la vida luego de la caída de un espectacular en Metepec. Los vientos huracanados de la semana anterior trajeron basura, paranoia y una entrevista particularmente infame con la lesionada, que puso en su justa dimensión a Carlos Loret de Mola por la cuestionable calidad de su oficio periodístico. Al parecer aquel infeliz lector de noticias de Coahuila, quemado hasta la saciedad por ventilar en voz alta y al aire dos o tres maldiciones sin que nadie le avisara, no estaba tan equivocado. Seguramente López Dóriga no le hará a él lo que el viento a Juárez, pero de la opinión que tiene respecto a Loret de Mola, más acertado no podría estar.