Australadas

Espejito, espejito

Ya sé que los defensores de Sor Juana me verán con cara de "qué mal estás hijo mío, ya volviste a fumar de esa maldita yerba", pero nomás por jorobar y para entrarle a este alucine, parafraseo a la Décima Musa con un sentido: "¿en qué te ofendo cuando sólo intento poner mi entendimiento en las bellezas y no bellezas en mi entendimiento? Esta sentencia viene a cuento luego de que en busca de una crema para la autora de los días de quien esto escribe, la Seño Lichita, llegamos el Fulano, su Mengana, la Niña Verdolaga y la Gerente de familia a la tienda departamental con nombre de puerto inglés, cuna del cuarteto de Liverpool (¡ja!)

Como era de esperarse el ambiente era totalmente "nais", máxime ante la inminente cercanía del diez de mayo. Aún a tiempo para evitar las compras de pánico de la perrada cuquis, nos acercamos al stand de Clinique bajo la sabia conducción de la Mengana, que de menjurges para ponerse guapa es toda una experta. Ahí sucumbí no nada más a la tentación de averiguar por qué dice Rius que no se puede vivir como si la belleza no existiera, sino que además caí en las garras de una cosmetóloga que me recetó tremendo tratamiento facial que me dejó con la autoestima por los aires.

"Casi nadie acepta que se lo hagan", me dijo mi mujer, a sabiendas de que, hombre necio que soy, acabaría embadurnado de mugre y media: Este es un líquido no-me-acuerdo para limpiar la piel, ahora viene una crema de sepa-la-madre para protegerla; y este es un gel para quién-sabe-qué, nutre y deja que los poros respiren. Media hora después eché la mirada de rigor al espejo, para descubrir que, como con las féminas, no hay hombres feos, sólo hombres pobres.

Esto lo digo porque el numerito valió la pena y casi hace que me dé el tramafat cuando supe el precio del tratamiento. Ponerse eternamente bello-bello costaba casi medio riñón, aunque hay que reconocer que vale la pena. Total que con crema en mano y envuelta para el regalo de la mamiringa, y en el rostro para la dueña de mis quincenas, salimos del tenderete snob convencidos de que ponerse chulo de bonito es un acto heroico y hasta disparatado en tiempos de crisis, pero que, como en los mejores comerciales del "Payaso de fierro", ahorra dinero en psicólogos.

He pensado en esta cremosa experiencia luego de advertir el creciente número de caballeros que invierten algo más que alma, vida y corazón en su apariencia. Más allá de si consiguen su objetivo, la posmodernidad ha resignificado los estereotipos de género obligándonos vernos con otros ojos. Y aunque todavía hay quienes se rasgan las vestiduras cuando ven que un galán se esmera en su arreglo, o gandallas que denominan mariconeras a las bolsas "vas-pa´-pu", las cosas han cambiado y lejos de ser una moda la metrosexualidad se ha convertido en un estilo de vida.

Hace mucho tiempo de aquel hiperlactante spot televisivo que anunciaba máquinas de afeitar, donde una voz femenina sentenciaba "llorar no es signo de debilidad, es signo de fortaleza", dando a los cavernícolas oficialmente la bienvenida a la cultura de masas para permitirse una lagrimita aunque sea estilo Remy. Hoy más que valerse chillar como un cocodrilo, los ojos de la raza ven con menos sospechosismo al Pitufo Vanidoso que algunos llevamos dentro. Y lo mejor, como el rasurado con crema de afeitar, uno lo siente, ellas lo disfrutan. Bueno, ella. No hay que buscarle ruido al chicharrón.