Australadas

Easy melodías

La escena ocurrió de la siguiente manera. Eran las siete de la mañana de un día cualquiera y estaba por iniciar la clase de radio con los Minions, mis alumnitos de la universidad, cuando de pronto una voz desde lo más recóndito de la cabina profirió una de esas máximas que dejan huella: "¡Hay profe, no se vale, es muy temprano para vivir!". La trasnochada autora de semejante frase, digna del feis o de menos del tuiter, había llegado a clase con el espíritu dislocado y de no ser por la audaz intervención del docente, habría quedado en calidad de bulto.

Los acumuladores compulsivos comprenden perfectamente que no se sabe en qué momento pude ser útil algo de lo que se guarda, y esa mañana entendí que la música atiborrada en la compu tenía una razón de ser. Así que a la voz de "Vengan cámaras, la tres, la dos, la uno... ¡ahí!", que me lanzo al rescate de la creativa voz en cuestión y de paso del resto del personal que para esos momentos se había contagiado del mal del puerco, sólo que sin haber comido nada. Es decir, la banda se encontraba en estado catatónico.

Cómo es que salieron de su marasmo es un misterio sin resolver, pero para mí que fue la rolita de Los Polivoces que les receté (El modesto Gordolfo), lo que trajo de nuevo a la vida a mis alumnos zombificados. De la mano de Doña Naborita y del hijazo de su vidaza, pasaron de la modorra a la sorpresa y de ésta a la risa involuntaria. Y no era para menos, pero el fin justificaba el medio. Les conté que la cancioncilla en cuestión formaba parte de un curioso disco plagado de escenas kitsch, que iban del Médico brujo del Loco Valdés, pasando por Yummy, Yummy, Yummy, de Miguel Ramos, hasta llegar a El Magazo, de Gustavo Pimentel.

Y ya entrados en gastos que les dejo caer los cortes del Easy Melodías, nomás para que supieran de qué lado mascaba la iguana en asuntos cutres y pintorescos. Y el acabose llegó cuando comenzamos a idear nuevas maneras de enlistar lo más bochornoso de la música, porque ahí fue cuando, como diría Lennon, el sueño se había acabado y comenzó el desvarío puro y duro. Cada uno hizo su propia lista y, como era de esperarse, habitante por derecho de la década ochentera, el Fulano (in)docente que escribe tenía poderosas razones para edificar la suya.

Así fue que mi propuesta incluyó bonitos monumentos a la melomanía como Sueños compartidos, de Laureano Brizuela, El ángel del rock, quien, les conté, tenía malas rolas pero estupendos músicos como los rufianes de Caifanes. Por ahí apareció también el infaltable Me va, me va, del hombre de las tres mil mujeres, Julio Iglesias, quien nada más por tozudez debería estar presente en cualquier homenaje cutre, pues lleva como 400 años cantando historias que son muy "ay así".

Y qué decir de José Feliciano, con su versión al clásico de Las Puertas, Enciende mi fuego, que por la cadencia en el rasgueo de su guitarra bien podría aparecer en cualquier colección coquetona sin que nadie chistara ni dijera media palabra. Y luego apareció Claridad con Menudo, finalizando con ese pecado a las buenas costumbres que acometieron Esteban Arce y El Burro Van Rankin y que se conoció como Elena. Ahí fue cuando mis pupilos repelaron ante semejante atropello a la razón. "Si ya me conocen para qué me dejan solo", les dije, "y para qué les da por no vivir".