Australadas

Detrás del alma

La conocí allá por 2005 en un Vive "Ladino". Fue en la zona vi-ai-pi en medio de incipientes rock stars y celebridades consagradas. Entre comida, bebida y con grabadora en mano me sentía cual niño en dulcería. Teniendo a tiro de piedra a Sergio Arau, El Uyuyuy, de Botellita de Jerez, a Joselo, de Café Tacvba, a Héctor Quijada, de La Lupita y a otros sospechosos comunes del rock como objetivos periodísticos, llegué al encuentro con ella. Entre mi camino y el suyo mediaba la portátil figura de Natalia Lafourcade, escollo fácil de evitar con una entrevista que duró, como diría Sabina, lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks.

Lo que siguió fue digno de un guión de cortometraje. Saludo casual como si fuéramos viejos cuadernos de doble raya y una actitud diametralmente opuesta a la de un hiperlactante Diego Luna instalado en tótem. Fresca como lechuga a pesar de haber tocado minutos antes en el escenario principal. Y sobre todo despreocupada, no obstante haber dado la nota cuando uno de sus senos quedó al aire luego de que el tirante de la blusa le pintara el dedo a las buenas costumbres. Así la encontré, amable y dispuesta a charlar frente al micrófono, y lejos de él, de sus cosas, de su arte y del mundillo infestado de testosterona en el que llevaba años tratando de abrirse paso.

Algunos minutos bastaron para volverme fan de su particular manera de ver la vida. Declaraciones propicias para una reseña del concierto, algunos argumentos sobre la fiesta del entorno y dos o tres temas menores fueron el tenor del encuentro. Despedida igualmente casual y a otra cosa mariposa. El rigor del locutor de radio destacado como corresponsal de guerra de bandas se impuso y otros beneficiarios de la contracultura patrocinada por Ocesa engrosaron los bites de la grabadora digital. El resto fue, digamos, una celebración de los afectos concupiscentes por la vía del paladar.

Con el tiempo he seguido a Ely Guerra tanto por obligación profesional, como por filia personalísima, pues tiene en su haber algunas de las historias más hermosas del rock tenochca. Y en esta lógica de apego ambivalente, el pasado fin de semana al fin conseguí mirarle desde la pantalla plana doméstica, en un documental titulado The soul behind. Se trata de una entrevista de semblanza de poco menos de 50 minutos, cuyas proporciones intimistas consiguen mostrar a una artista profundamente honesta, compleja y humana.

En la producción se transita de la genealogía de la cantante al placer de la gastronomía, sin obviar los reductos donde estar sola es una condición tan necesaria como inevitable, y gozar de los placeres más cotidianos como ir al cine conlleva el precio de la fama. Aunque quizá lo más significativo sea descubrir a la mujer que crea historias sosteniendo que esa boca es suya, cuando habla de la fuerza de los momentos inspiradores, de la vena creadora y del amor como una utopía tal vez (y sólo tal vez) realizable.

Tal ha sido la experiencia del encuentro con ella que fue necesario revisitar su trabajo a partir de Ely Guerra, el primero de sus discos, pasando por Pa´morirse de amor, Lotofire, Sweet & sour, hot y spicy, Hombre invisible e Invisible man, además del directo Metropolitan. Dicen por ahí que por sus obras los conoceréis, valga la expresión, en especial si detrás de todo reside el alma.