Australadas

(Desen)Tonadas dolorosas

"No me gusta que me digas Huesos", me soltó sin miramientos el portátil ser antes conocido como La Niña Verdolaga. "¿Por qué me lo dices ahora pequeña, si siempre te he llamado así?", le respondí. "No te lo dije antes porque no quería herir tus sentimientos" sostuvo la criaturita. Y me que dejó con una cara que iba del azul al buenas noches. Y más que herir mi corazón bandolero, lo que se me quedó lastimado fue el orgullo.

No sé si fue por eso, o alguna razón que se suscribe en la corriente de lo inexplicable, que desde aquel momento me la paso tarareando mentalmente alguna cancioncilla infame, de esas que se instalan en el inconsciente y que, por más que uno se empeñe en desecharlas, nomás no se van. Aunque ahora que lo pienso puede ser una especie de castigo divino por la insensible necedad de adjudicarle semejante apodo a La Huesos.

Así es que la mente me ha jugado malas pasadas con la voz de Diego Verdaguer y "La ladrona"; Laureano Brizuela con "Sueños compartidos"; Roberto Carlos y "La carcachita" y, en el colmo de los casos, ¡Chayanne!, con "Fiesta en América". ¡Háganme el recochino favor! Pero lo que no tuvo progenitora fue escuchar en mi coquito y en alta definición a Prisma cantando "Se me cansó el corazón"; a Los Bukis con "Tu cárcel", y hasta "Celos" con Daniela Romo. Ahí fue cuando comprendí que ya me había cargado el payaso.

En ese trance deambulé varios días dando por perdida la batalla contra la lucidez, cosa que, después me enteré, ya había ocurrido años atrás (ya se sabe que el último en darse cuenta de lo que le pasa a uno es uno mismo). Hasta que me encontré con una colega de la radio que me agarró en plan sacerdotal para confesarme algo que me dejó patidifuso: "Charly, tengo algo que contarte. Y sé que me vas a entender. Llevo desde ayer tarareando "Bella señora" de Emmanuel".

Mi rostro de felicidad no pudo ser menos elocuente. Si ella, toda una institución de la sobriedad y las buenas costumbres padecía eso, yo que soy un impúdico animal sin pedigrí estaba salvado del precipicio. Aunque luego reparé en el hecho de que si eso le ocurría a mi compañera, a mí me esperaban por lo menos seis o siete años de cantaleta cutre. Y entonces me dio por echarme a reír, de nervios, de histeria y de vergüenza.

¿Qué diablos ocurre en la mente de un melómano que presuma exquisitez para que canciones de tres pesos se apoderen del ruido interior que lleva consigo? ¿Será acaso que, como en la peli Alta fidelidad, escuchamos música pop porque somos infelices, o somos infelices porque escuchamos música pop? La culpa la tienen, entre otros, Raúl "Del-asco" y su Siempre en Domingo, La Vero Castro y Mala noche no, Claudia Córdoba y Estrellas de los 80, y ya más acá La N-Academia, La Voz y todos los bodrios que se acumulen.

Con todo y la pretenciosa certeza de no saberme solo, mi espíritu sigue dislocado. Como la vez que Mafalda encuentra llorando a su hermanito Guille porque le duelen los pies. Cuando le dice que es por traer los zapatos al revés, llora más fuerte y grita "¡me duele mi orgullo! Así me siento, con un sutil e infame dolor que cala hasta Los Huesos. ¡Tómala cachetón!