Australadas

Degustando que es gerundio

"El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad humana que el descubrimiento de una nueva estrella."

Brillat Savarin

Tengo por partida triple el mejor trabajo del mundo. Primero, porque la voz de lija y atardecer de este fulano cuenta con la bendición de hacerse escuchar a través de la radio. Segundo porque al hacerlo ocurre de la mano de la gastronomía. Y tercero porque, derivado de estas dos pasiones, me pagan por comer.

Me explico: la semana pasada me fue ofrecida la oportunidad de ser partícipe de una especie de focus group, que es algo así como un cónclave de tragones para degustar diversos productos, en aras de determinar la calidad de su sabor, textura, presentación y características varias.

El resultado fue una experiencia por demás curiosa. Incluso para quien se precia de ser un tragaldabas consumado, pues mucho hay que considerar a la hora de comer, ya no se diga cuando se es un iniciado en las artes de la papeación.

Desde la llegada a la empresa encargada de saborizar y hacer estudios con sus productos la aventura fue singular. Nos situaron en una sala donde cada integrante del grupo tenía un cubículo de cuya pared frontal se abría una puertecita donde una mano enguantada ofrecía el alimento a probar.

Una vez degustado el menjurge se procedía al análisis en una bitácora que registraba todo cuanto las papilas gustativas habían experimentado, sin olvidar la vista, el olor y el tacto. Una vez que se concluía con la primera degustación, llegaban las siguientes, siempre mediando un vasito con agua para hacer los buches necesarios.

Al final del show, luego de entregar los reportes y de compartir la consabida sensación de sentirse cual ratas de laboratorio, llegó el sobrecito con la marmaja con lo cual se sentía satisfecho el bolsillo, no obstante que, como dijera uno de los participantes del experimento, se había prostituido el paladar. ¡Ni aguantan nada!

Comer, decía el letrero de una de las viejas alacenas de tortas del portal de Toluca, es más que llevarse alimentos a la boca para saciar el apetito. Es hacerlo con la idea de nutrir, pero además de que se convierta en un festín para los sentidos, donde los estímulos se multipliquen y se acerque la felicidad al estómago (y al alma, diría yo), de la misma manera que, citando al filósofo Emmanuel, se arrima leña al fuego.

Por eso, ahora que me convertí en flamante profesional de la degustación, caí en la cuenta de que la comida es una aventura integral, llena de posibilidades y caminos, y que en la gastronomía nada tendría que estar puesto al azar pues absolutamente todo debe tener una razón de ser. Sabores, olores, texturas, composición química, ingredientes esenciales, presentación, empaque, distribución, disposición y, por supuesto, el entorno en el que se coma.

Si como tanto se ha insistido en esta atalaya y en el programa radial "El Pipirín" del 91.7 FM, se puede comer casi lo que sea, pero no como sea, hay mucho por aprender en el tema de la comida. Por ello es preciso profesionalizar la labor y quizá tres empleos, los tres mejores del mundo, sean un buen comienzo. Ni hablar, son trabajos arduos pero alguien tiene que hacerlos.