Australadas

Cultura pop corn

La vida en el cine es un asunto de cierto glamur, un poco de vanidad y un mucho de simulación. Pero alrededor del mismo, donde se lleva a cabo la verdadera realidad, se gesta toda una odisea que sostiene al monstruo del celuloide. El excesivo gasto de producción, es decir, lo que conlleva la filmación, locaciones, fotografía, maquillaje, musicalización y, sobre todo, el consabido "star system", tiene su recompensa en las multimillonarias ganancias derivadas de su disfrute, por la vía de la pantallota, los formatos en video y la serie de mugres que se crean con el nombre de "merchandising", para hacer todavía más rentable un negocio seguro.

Para nadie es un secreto que ir al cinito es todo menos una aventura barata. Exceptuando aquellos taimados que llevan su itacate escondido en los bolsillos de una chamarrón o en el fondo de una gran bolsa de dama, llegar a la comodidad del asiento de una sala implica una escala previa en la dulcería. Y ahí es donde ocurre el gran fenómeno mercadológico y la certeza de un "bisnes" redondo, donde las palomitas son el verdadero protagonista y su coestelar el refresco con el que tenga convenio el multicinema. El resto es una sobredosis calórica que incluye dos o tres papeles secundarios que recaen en el "jocho", los nachos y los dulces.

Pero como en toda historia que se precie, hay un antagonista con el que se gesta un nudo en la trama, y ahí es donde aparece la sed, ese gran villano al que hay que extinguir a fuerza de gaseosas. Pero como dicen en TNT, pasa en la vida, pasa en el cine, los círculos viciosos son parte del guión. Y entonces la relación entre palomitas y "chesco" es directamente proporcional y quien acaba no satisfecho de ellas, sino con ganas de más, es el tragaldabas que a media peli siente la penosa, aunque imperiosa necesidad de salir por más del elíxir que le mantiene rumiando dos horas frente a la pantalla.

A eso hay que agregar el estacionamiento y los costos adicionales del "borregueo" previo y posterior a la función de cine, porque hoy día no hay salas que se encuentren aisladas, sino que por default conforman un conglomerado donde coexisten armónicamente tiendas de autoservicio, tiendas departamentales y pequeños y grandes locales con estrategias para la aparición de necesidades creadas. Eso que los gringos llaman malls y que en nuestra región cuatro y medio los concebimos como los galerías X.

He pensado en esta estrategia luego de recetarme el libro "Cultura mainstream, cómo nacen los fenómenos de masas", de Frederic Martel, un gigantesco reportaje donde se ensayan premisas tan contundentes como las directrices de la cultura masificada en la sociedad del espectáculo. En el trabajo son plasmadas cientos de entrevistas a personajes del entretenimiento, al tiempo que se desnudan los entretelones en los que se sostienen las famosas industrias culturales.

Es cierto que el asunto resulta menos glamoroso que mirar estrellas de Hollywood desde el escaparate del celuloide, pero ocurre que una vez visitado el trasbambalinas del show nada vuelve a ser igual. Porque equivale a asistir al set de filmación y darse cuenta del truco con el que se edifican los mitos, se proyectan luminarias y diseñan las tendencias de consumo. Y eso por supuesto que no es rentable.