Australadas

Culpas gustosas

En cierta ocasión un compañero de labor radial dejó reproduciendo en su computadora la música que le acompañaba en sus deberes, misma que escuchaba con la discreción de un par de audífonos. Cuando alguien inopinadamente desenchufó los auriculares para utilizarlos en otro reproductor, dejó en evidencia no solo el volumen con que se estaba reproduciendo la música, sino además los apegos del dueño de la computadora.

Al ritmo de Wannabe, de las Spice Girls, aquellos que fuimos testigos del numerito nos miramos con sorpresa, mientras esbozábamos una risotada de proporciones industriales. Y es que para quien trabaja en una estación de radio la música es más que el acompañamiento del día a día. Es la materia prima y la razón de ser de gran parte de las cosas que uno hace. Y si se trata de una estación pública, la pasión se exalta al doble, al tiempo que se hace exquisita y adquiere proporciones de arrogancia e incluso de soberbia.

En un ambiente donde la música académica, los ritmos distantes de lo comercial y las manifestaciones más extravagantes y menos complacientes con el mainstream son el pan de cada día, basta que alguien salga con una de sus guarradas para ser presa de la comidilla colectiva. Como si no alcanzáramos a entender que las virtudes públicas de unos suelen ser los vicios privados de otros.

Pero además, seamos sinceros, por más que la presión social nos pueda demasiado, por lo general hay cosas que nos seducen y que preferimos ocultar ante el temor de sufrir el escarnio público. A no ser, claro está, que se trate de un acto de cinismo heroico o de una extravagante tendencia de la moda, basada en la premisa de que ser naco es chido. De otra forma, los gustos culpables son esa clase de pariente impresentable que cae bien, que es buena onda y hasta pizpireto, pero que ante los ojos de los Corcuera y los Limantur uno quisiera negar.

Por eso algunos de los presentes entendimos el desliz pop de aquel incauto que osó dejar su compu y sus audífonos en manos del azar y el descuido. Porque el hombre es débil y la carne, cuando está vestida de pop, lo es más. De pop, de reggaetón o de tribal. Y también porque todos tenemos nuestros pecadillos sonoros que escuchamos en la intimidad de nuestro cuestionable gusto, que reservamos para los instantes de mayor desfachatez.

¡Si sólo tuviéramos el descaro de gritarlo a los cuatro vientos! Pero nos puede el miedo al ridículo y una profunda necesidad de reconocimiento. Por eso cuando escuché en el programa Triple W, del 96.9 FM, que Fernanda Tapia y compañía se disponían a definir a los candidatos al Arjona de Oro, no pude evitar un cierto dejo de conmiseración y pena ajena. Por el guatemalteco y por los objetos de la sorna pública que se hicieron acreedores a tan insigne reconocimiento.

El tema fue el Arjona de Oro (o la indeclinable voluntad de decir las obviedades y encantar con ellas a la gran masa). Y de paso la sobadísima discusión entre alta y baja cultura, entre exquisitez y populismo. Entre su arte y mi arte, del que por supuesto prefiero el mío. Para acabar pronto y dejar de invertir en tinta, habrá que decir con todas sus letras que quien esté libre de "chundadas" musicales arroje la primera rola. ¡Oy nomás!