Australadas

Comerse una ciudad

Dice el maese Rius que la panza es primero. Y la legión de tragaldabas le creemos. Faltaba más. Así como hay quienes comen para vivir, habemos otros que vivimos para comer. Y que encontramos en el asunto de la papeada la más esplendorosa posibilidad de recrear los sentidos en un arte tan efímero como encantador. Pienso en esto con el corazón lleno y el estómago vacío, citando a mis compadres de la emisión Iron Chef. Sobre todo ahora que me ha tomado por sorpresa un texto que versa sobre la tragazón, al menos en su primera parte, y que me ha resultado toda una revelación.

Llevaba varios meses rehuyéndole al clásico de Elizabeth Gilbert "Comer, rezar, amar". El mismo en el que se basó la peli que protagoniza Julia Roberts y en cuya historia una mujer entrando en la madurez hace un viaje cómico, mágico, musical por Italia, India e Indonesia. El objetivo es reencontrarse consigo misma, luego de una serie de amargas experiencias de vida. Como suele ocurrir, el libro supera, y con mucho, a la cinta. Y no sólo por las características obvias de la narrativa de un medio y otro, sino porque el estilo de la Gilbert, protagonista y antagonista de su propia historia, es sencillamente peculiar.

En mi carácter de chicuelo con déficit de atención selectiva, suelo aventarme tremendos viajes astrales mientras leo, razón por la cual de pronto me pierdo entre líneas y debo retomar la lectura párrafos arriba para agarrarle otra vez el hilo. Entre eso y la indeclinable voluntad por saltar de un tema a otro, de pronto me veo entre seis o siete libracos diferentes que avanzan a cuenta gotas y provocan un singular buffet en la (in)consciencia de este fulano que escribe.

Sin embargo, tal ha sido el impacto de "Comer, rezar, amar", que ni mi capacidad para la ingesta de tubérculo poblano ha sido un problema para hincarle el diente. Las páginas han pasado frente a mis oclayos a tal velocidad, que cuando menos me di cuenta llegué al final del primer tercio del texto, que la autora dedica a los días vividos en Roma, en lo particular, y en Italia en términos generales. Como es de suponerse, a partir del título y derivado de la experiencia de la gran pantalla, Liz Gilbert se decanta por el pipirín desde que llega a la ciudad eterna, dedicando en el culto al paladar el inicio de su viaje introspectivo.

Conozco algunas personas que aseguran que hay libros que te interpretan. De ser así, éste es uno de ellos. En especial por la insistencia de un ser en torno al disfrute de los placeres, el de la comida, para empezar. Por si fuera poco, la trama me ha llegado doblemente al corazón, pues si hay una relación de amor y odio con una ciudad en el mundo, es con Roma. El sitio donde me he perdido y encontrado en un largo proceso de dos años.

Roma me abrió las puertas sólo para enseñarme quién manda, poco antes de patearme el trasero. Y a la misma loba volví con ánimo de reto-venganza-conciliación, para perderme y encontrarme como hizo la propia Gilbert. De la mano de su gente encantadoramente mundana y orgullosa de su tierra. Pero, sobre todo, gracias al gusto incomparable de su cocina, que es la expresión más impecable de su grandeza. Además de su idioma, el gelatto, el arte, la pasta, el drama, la pizza, la retórica, los cannoli y la historia misma que está de su lado. ¡Bocatto di cardinale!