Australadas

Coleccionando piedras rodantes

¿Para qué quieres tanto papel?, me dijo hace poco La Mengana cuando le dije que había olvidado comprar la revista Rolling Stone. Le expliqué que era una manera de mantenerme al tanto de los asuntos musicales y le solté una que otra argumentación hiperlactante sacada de la manga, tratando de justificar mi inercia a coleccionar eso que ella denomina papelerío.

La conté a mi mujer que llevo más de diez años comprando religiosamente la publicación, luchando contra una suerte de Alzheimer de adulto contemporáneo, que en ocasiones me sorprende casi a fin de mes sin haber ido al kiosco por ella, momento en que el pánico se apodera de mí, no sé si por el olvido a instalado en la memoria, o por la posibilidad de que llegue un día en que nomás no la encuentre.

A partir de ese momento mi señora puso cara de circunstancia y se dispuso a que le recetara toda una historia que comenzó por ahí de 2003. En aquel tiempo casi nunca me dejaba ver por los "Sangrons" y no podía percatarme de que había comenzado a editarse en México la revista. Fue hasta el número tres que supe de su existencia y como (mal) melómano despistado decidí comprarla.

El problema comenzó cuando advertí que había un par de números previos y entonces, gracias a mi casi nula tendencia obsesiva, busqué por doquier esas ediciones perdidas. Los acabé encontrando en Boca del Río, en un evento académico organizado por Televisa (ya saben, hay algunos buenos hallazgos hasta en los peores contextos). Unos alumnos de la universidad habían recibido de regalo las revistas y civilizadamente les fue aplicada la técnica "te llamabas" por su gandalla profesor.

Desde ese momento supe que lo mío, lo mío, era hacerme de ese mamotrete de papel y tinta hasta que acabara por desinteresarme, cosa que ocurrió con los años, pues como diría el filósofo Chepe-Chepe, incluso la belleza cansa. ¿Entonces por qué la sigues comprando si ya ni siquiera la lees?, me cuestionó la dueña de mis quincenas. Por el mero gusto de coleccionar algo, le dije, recibiendo por respuesta una de sus clásicas expresiones al estilo de "¡qué-mal-estás-cariño!".

En todo este tiempo, le conté, me ha pasado de todo, desde invertir chico rato yendo de tienda en tienda para conseguirla, hasta traer de viajes ultramarinos las ediciones francesa, italiana y española. En ésta última, presumí muy orondo, venía el documental "Porque las cosas cambian", de Bunbury, que venía como regalo y que nunca se editó para su venta por separado.

Y aunque los años han pasado y el gusto disminuido, la ceremonia de selección sigue siendo la misma: buscar el ejemplar que esté en mejores condiciones, casi impoluto. Sí, dijo La Mengana, para que el niño se vaya feliz con su mugre. Bueno, con decir que en el colmo del absurdo y la compulsión compré ¡dos veces! la edición con la portada de Peña Nieto, háganme el recochino favor, pudiendo ser Morrison o cualquier otro, pero no, fue él.

Mira, le dije, algunos entes acumulan delfines o hipopótamos, otros cucharas o recuerditos, hay quienes juntan discos y otros estampitas del álbum Panini, mi hobby es esta chundada cuasi rocanrolera y las historias que colecciono desde que la compro. Hasta ahora, dijo ella, seguro habrá por ahí a quien le interese tanto papel.