Australadas

Chupando que es gerundio

Reconozco que es difícil de creer. Que con sólo decirlo incluso yo me escucho (y me siento) terriblemente hipócrita. Pero es la neta del planeta: nunca me he sentido atraído por el alcohol. Es más, no sólo no me interesa, sino que me desagrada. Así de simple. Con un linaje familiar sorprendido varias veces por las garras de la alcoholemia, pocas o nulas posibilidades existen de que la banda le agarre gusto al chupirul. O todo lo contrario, que acaben bebiendo como cosacos.

Por eso suelo ser el alma en pena de las fiestas, la oveja roja de la familia, el amargueitor que cuando se va a dormir luego de un guateque lo hace en su juicio. Y no es que nunca me haya puesto una buena guarapeta. La verdad es que las contadas ocasiones tuvieron demoledoras consecuencias, mismas que se resumen en la sentencia "Señor si en la borrachera te ofendí, con la cruda me sales debiendo". En fin, con estos antecedentes de por medio fui invitado a una cata de vinos en la Escuela Culinaria Internacional, lo que equivale a inscribir a un mecánico en un curso de macramé.

Con la idea de que el maridaje implicaría algo de papear, pero sobre todo por razones profesionales acudí a la cita. En un laboratorio diseñado para las pruebas de vino nos explicaron algunas de las bases del tema, mientras empinábamos el codo con un tinto de buena manufactura, según supe. Teniendo enfrente un sommelier dando cátedra me sentí como parvulito aprendiendo a leer y escribir, mientras tomaba nota de cuanto se decía, abriendo los sentidos al brebaje que generosamente nos era ofrecido. Luego de algunas copas acompañadas de quesos, aceitunas y pan, llegó el cierre de la sesión y con ella un "leve" mareo, propio de quien se pone persa con una Coca y dos vueltas.

Un rato después, en ese incómodo momento en que uno está entre el mareo y la resaca y que científicamente se denomina estar "cre-do", me presentaron a Iván Guevara, un master wine. La ocasión, dicen, la pintan calva e incluso en mi catatónico estado entendí la oportunidad de oro que se me presentaba, por eso no dudé ni un instante en invitarlo a una entrevista para el programa El Pipirín, del 91.7 FM. Cosa que ocurrió al día siguiente, cuando la cruda había sido desplazada por algo medianamente parecido a la lucidez. La charla fue intensa y larga, y en ella Iván se volcó como el profesional que es, un apasionado de la uva con casi dos décadas dedicado al asunto de los viñedos.

Los temas fluyeron como vino en garganta de chupador. Saber beber como máxima, en una analogía con los saberes del comer. Los maridajes en busca del acompañamiento perfecto. No entrarle al chínguere sin comida al lado. La cultura del vino como oportunidad para mejorar la salud y la oferta gastronómica doméstica, en perjuicio de las refresqueras. Los viajes que ilustran, sobre todo a partir de lo que se bebe. ¡Salud!