Australadas

Chocante

"¿Por qué justo a mí me tuvo que tocar ser yo?"

Mafalda


Hay un video en el "yutub" que consigna la manera en que a un sujeto le cae dos veces un rayo y vive para contarla. En el lapso de un minuto y medio el infeliz muerde el polvo literalmente, en una escena consignada por una cámara de vigilancia. El rastro que deja, además de miles de vistas en el mentado canal de videos, lo conforman dos manchas en el pavimento, prueba fiel de su suerte. Para sorpresa de quienes han visto el material, el tipo se levanta cual Lázaro y anda después de las dos descargas, no sin antes sacudirse hasta el alma por la doble sorpresa.

No estoy por la labor de sentar un precedente y mucho menos un récord. Pero cuando algo extraordinario sucede en dos ocasiones solamente puede concluirse que, o de plano uno se levantó con la chueca y es preciso una buena limpia o, como diría mi tía Juana, La Cachonda, "son mensajes m´ijito y hay que saberlos escuchar". La semana pasada, por azares del destino vi la vida pasar frente a mis "oclayos" dos veces. Por la tarde me le fui a estampar por detrás a un parroquiano que se enfrenó de sopetón y yo, en trance ingesta de tubérculo poblano, poco pude hacer ante la velocidad de mi auto, el pavimento mojado y la poca distancia.

En la noche del mismo día experimenté lo que aquella borrachita del "yutub", que insistía en que no chocó, sino que la habían chocado. Un infeliz al que le faltaba una chispa para encenderse, dada la cantidad de alcohol que traía en la sangre, me dio un arrimón de esos que lo mandan a uno al otro mundo. Pero una vez más la sabiduría de mi tía se hizo presente: "la libraste m´ijito, Dios es muy grande y no te quería llevar todavía". Si esta columna tuviera acceso a un emoji habría puesto el de la carita con ojos desorbitantes, o esa de las manos en los cachetes con cara de "o-mai-gad".

Ignoro si mi tía tiene la boca atascada de razón, pero lo cierto es que algo hay en el destino que surte un efecto desconcertante. "Esta es la vida más extraña que he vivido", sentencia Jim Morrison en la rola "Waiting for the sun", de The Doors. De las dos ocasiones que casi me desperdicio, la primera, es imputable a mi batea de babas. En la segunda, juro por la garrita que no tuve nada que ver, como no sea haber estado en el lugar y hora equivocados. Como consecuencia me he inscrito involuntariamente en la lista de curiosidades de las aseguradoras. Comprendo que nadie en su sano juicio chocaría dos veces y menos lo admitiría públicamente. Pero la ocasión lo amerita y además sirve el ejemplo para consagrar la experiencia consecuente.

A punta de siniestros he tenido que volverme más pedestre de lo que ya era. He vuelto a andar las calles de este valle de lágrimas, a perder mi aversión a la gente y a contagiarme del tufo a urbanidad. Estoy adquiriendo habilidades para no tomar el autobús equivocado y sigo cultivando la paranoia de saberme asaltable, aunque no cargue conmigo más que lo indispensable. Y, sobre todo, he aprendido a viajar ligero. Fue necesario darse un frentazo dos veces para volver a poner los pies en la tierra. No hay duda, mi tía estaría orgullosa de mí (¡ay ajá!).