Australadas

Caro, la del norte 2

Me encuentro al otro lado del río Bravo. Demasiado lejos de la frontera con México para sentirme en el sur y demasiado lejos del norte para sentirme más allá que pa'cá. Pero mis fuentes me dicen que es lo de menos, que aquí es Charlotte, sucursal del buen vivir y lugar hasta donde han llegado los huesos de La Mengana, de la Niña Verdolaga y los de este Fulano. La misión no es menor, atestiguar la presentación en sociedad de Sharon, la quinceañera más "Sonric's" de la Unión Americana.

Una breve escala en el centro de la ciudad mientras acompañamos a la Sharon nos permite sacar las selfies de rigor, luego de descender de una larguísima limusina que me ha hecho recordar a la Pantera Rosa, y que viene sonorizada por DJ Froy, el flamante hermano de la quinceañera. Chico rato después, con tacuche, pipa y guante llegamos al salón a presentarnos también en sociedad y a darle al bailongo, al tiempo de entender que, más allá del idioma, la pachanga es la pachanga aquí y en China.

El día siguiente nos sorprende en ese estado que los clásicos llaman "credo", lo que impone un desayuno del tamaño de nuestra resaca y la actividad física suficiente como para sacar los demonios que uno lleva dentro. Por eso llegamos a una simpatiquísima huerta donde se pueden recolectar desde fresas hasta flores de calabaza. Durante un par de horas nos entretuvimos como suspiritos azules buscando "pitufresas", al ritmo de "una para la canasta otra para la buchaca", con la certeza de que eso en México sería equivalente a cometer suicidio.

De ahí al Parque Estatal Crowders Mountain, una serie de accidentes geográficos donde se consigue sudar cualquier cantidad de sustancias y que me ha llevado a recordar que de bajada hasta las calabazas ruedan, pero de subida las cosas son muy distintas. Una vez en la cima la vista es impresionante, el centro de la ciudad, los suburbios y mucho, demasiado bosque. Tanto que uno acaba con la vista enverdecida mientras el horizonte se pierde con los cielos azules del lugar.

Y como luego de la tormenta viene la calma, que nos lanzamos al encuentro con el Lago Wylie, en compañía de la familia en pleno, que comprobó la resistencia del material del bote en el que llegamos hasta aguas plácidas para echar un buen chapuzón. En ese lago, entre el sur y el norte, descubrí un atardecer de esos que tardan en irse y una noche que se toma su tiempo para llegar, como si ninguno de los dos tuviera prisa por nada.

Pero había que cumplir con el rigor del oficio y ante la noticia de que el Fulano era cocinador, aparecieron un rato después los alambres con queso y el postre con las "pitufresas" que sobrevivieron al hambre mañanera, y que arrancaron tanto el aplauso del respetable como el derecho al refill. Con estómago lleno me encuentro escribiendo estas líneas, en compañía de la familia que ha abierto sus brazos y el corazón a los fulano-menganos que llegaron en plan de pisa y corre. Una visita de doctor que empieza a vivir sus últimas horas en tierra del Tío Sam.

Mañana es día de empacar y asegurarnos de que no se nos vaya el avión, cosa que se antoja propia de una misión imposible. Por lo pronto, citando a Sabines, es hora de aflojar los músculos el corazón y poner a dormitar el alma.