Australadas

Caro, la del norte

Quién iba a decir que a mis cuarenta y algo todavía tendría primeras veces de alguna cosa. Yo que fui del amor llave de paso y que siempre negué de las virtudes de la tierra del Tío Sam, acabé con mis huesitos en pleno mundo sureño de gringolandia. La Mengana fue la razón de mi primera vez por acá y como este fulano que escribe es un pata de perro consumado, heme aquí en Carolina del Norte viniendo a echar un ojo a este lado del Río Bravo. La neta del planeta es que ya hacía falta un distanciamiento del bullicio y la falsa sociedad tolucense, y el viajecito cayó como anillo al dedo.

Después de la consabida monserga en el aeropuerto chilango y de tres plácidas horas sobre el Golfo de México, la ausencia de signos turbulentos le devolvió el alma a la dueña de mis quincenas, lo que nos aseguró un arribó en condiciones presentables. Como un viaje no es digno de llamarse viaje si no tiene inconvenientes, el primero llegó en Atlanta, con una escala de hora y media, tiempo suficiente para pasar la burocrática migración, perder el vuelo y conseguir otro sesenta minutos después. Ni pex, así son las cosas del abarrote.

Lo curioso de los gringos es su asombrosa capacidad para poner cara de no pasa nada, incluso en los momentos de mayor inconveniencia. Cuando no pueden echar la mano de plano se limitan a decir: "Sorry Sr. there's nothing we can do about it", y siguen tan campantes y solemnes como siempre. Y eso sí, ordenadísimos hasta la pared de enfrente. Tanto que da pena echarles a perder el numerito con un poco de caos de la firma tenochca.

Total que luego de habérsenos ido el avión a la Mengana y a su Fulano (cosa no poco frecuente), llegamos a la ciudad de Charlotte, que es algo así como un gigantesco fraccionamiento campestre de unos setecientos mil habitantes. Acostumbrados como estamos al caos del infierno chilango, aquí aplicamos la de "estoy tan habituado a los golpes que las caricias me hacen llorar".

Tan implacable perfección se aprecia en las avenidas inmaculadas, los prados perfectamente cortados, las casas en pose de vacación permanente y el ir y venir de los autos, siempre en cordial control por parte de su conductor quien incluso yendo con prisa parece que lleva calma. Charlotte recibe con paz y profundo orden a la familia austral y no sé si la Mengana o La Niña Verdolaga lo sientan, pero yo ya comienzo a experimentar nostalgia por la inmundicia que dejamos detrás. Un poco solamente, pues creo que podría acostumbrarme a este paraíso americano.