Australadas

¡Cagajo!

Me cuentan quienes lo conocen que es un viejito cascarrabias de esos que abundan y nada más. Que pasado el pancho que arma se le baja el tramafat y vuelve a la normalidad, no sin antes ofrecer disculpas. Pero de que al Tuca Ferreti se le van las cabras al monte, con mucha más frecuencia de la esperada, eso es un hecho. Desde sus exabruptos en las canchas de pambol (aquella escenita con ajos y cebollas donde enseña a sus dirigidos a golpear el balón es memorable), hasta los roces nada afortunados con la prensa. Para acabar coronando la colección de linduras con la reciente joya donde al ritmo de "yo no choqué, me chocaron", le dice hasta de lo que se va a morir al pobre infeliz que le aboyó su Ferrari.

Algo debe haber en el tránsito del agua hasta llegar al tinaco en esas personas a las que llaman "de mecha corta", que sencillamente les impide ser dueños de sus emociones. Para colmo el resto de la humanidad debemos ser testigos de su incompetencia para gobernarse, cual si se tratara de una entidad sin ley, sin timón ni timonel. Evidentemente las figuras públicas como el Tuca-tuca-tucanazo atraen los reflectores, pues suelen ser sinónimo de nota y la nota, como bien saben los zarandeados "reporñeros" de la fuente, vende. Y como cuando la niña resulta chillona lo que se impone es darle sus fregadazos, entes como el brasileño se ponen de a pechito para el show.

Ignoro lo que ocurra en el proceso de ignición de los furibundos, esa fase donde el cacumen deja de ser para transformarse en guano, pero sería fantástico que a todos los presuntos implicados (que son legión) les pasaran un episodio de Hulk, el hombre verde, para que se dieran un quemón de lo ridículos que se ven. Eso o de plano un espejo de cuerpo entero, total, si no les da vergüenza, por lo menos risa. De lo que sí estoy seguro es que este mundo matraca sería una cosa mediamente vivible si los intensitos le bajaran dos, diez o veinticinco rayitas a su desmadre neuropatológico. Sé que no es fácil, pero con los avances de la ciencia cualquiera podría pasar de Sam Bigotes a Droopy en un dos por tres.

Aunque por supuesto la vida carecería de la diversión y el humor involuntario que proporcionan estas criaturitas incomprendidas. ¿Qué sería de Grumpy, el de Blancanieves; de Pitufo Gruñón; de Naomi Campbell; del subjefe Diego y de todos los gruñis que engalanan con su histeria las vidas de los más calmados? Tal vez una existencia cruenta y aburrida, pero por lo menos tranquila. Y para conseguirlo podríamos acudir a clásicos de la literatura de cafetín como "Tus zonas erróneas", de Wayne Dyer; "Gente tóxica", de Bernardo Stamateas, o bien, y ya hablando en serio, a "Inteligencia emocional", de Daniel Goleman, nomás para que sepan los neuras de qué lado masca la iguana.

Ahora que la solución podría estar más al alcance de la mano. "¡Gus-fraaa-baaa!", aconsejaba decir a sus pacientes el doctor Buddy Rydell (interpretado por Jack Nicholson, en la peli Locos de ira). Para variarle un poco sugiero un método más efectivo que le aprendí hace algunos años a una colega de la radio: cuando las cosas vayan mal, como a veces suelen ir, hay que repetir mentalmente o en voz baja, con sutileza y dulzura, tres mentadas de madre dirigidas al objeto de nuestro enojo. Y esperar tranquilamente a que todo se vaya a la fregada.