Australadas

Aromáticas razones

"Claro que el café es un veneno lento, hace 40 años que lo bebo".

Voltaire


Por situaciones de la vida y del amor el primer recuerdo que tengo del café data de más de tres décadas. De la mano de una abuela para quien el día no iniciaba sin la espumeante olla con café en grano, aprendí a beberlo justo cuando hay engendros que comienzan a dejar de beber leche en cantidades industriales. Tal vez por eso, treinta y muchos años después el brebaje me haga lo que el viento a Juárez.

Comencé una vida de Lancelot (por lanzado, según ocurrencias de mi padre), conjugando café con chicuelas en edad incandescente. En aquellos tiempos la costumbre de beber café era casi exclusiva de los mayores -algunos bastante carcamanes- y no era algo común que un postpuberto se dejara ver en plan de conquista (ni en ningún otro plan) con alguna fémina en un chiringuito dedicado al ocio y la intoxicación tabaco-cafetalera.

En aquel entonces podía echar humo en cualquier parte y no había expresiones de profunda ternura como el late, el macchiatto, el frapuccino y menos aún el venti, el alto e hiperlactosadas por el estilo. El café era café y nada más. Claro que el capuccino y el café lechero existen desde que los chinos son chinos. Desde que a alguien se le ocurrió hacer tolerable la cafeína. De ahí que a Bob Irvin le naciera la ocurrencia de decir que tomar café descafeinado es como besar a una hermana. Pero esa es otra fobia y también otra historia.

La vida es un chiste mal contado que me ha llevado a protagonizar (yo diría a ser el antagonista) de un programa de radio que hace años solía llamarse Efecto cafeína. Al igual que aprendí a comer cuando le dije adiós a la cuarta parte de mi humanidad, así aprendí del asunto, justo cuando dejé de producir la emisión en efe eme.

Y entonces vino el maremágnum de sabor. Y la sobredosis en grano. Y el descubrimiento del exprés como quien alcanza la piedra filosofal. Uno, dos, seis, ocho expresos. Dobles, triples si la taza y el lugar los vale. Illy o Nespresso, porque la cultura pop se impone. Y solamente en horas bajas, muy bajas, Starbucks. Y cuando impone la búsqueda de un laxante con las tazas de café rellenables, de esas que ofrecen en los restaurantes de franquicia.

Del siempre tendremos París al Toluca la fea. De la ciudad eterna al cafetín local de la tercera edad. Dice Alphonse Allais que "el café es una bebida que hace dormir, especialmente si no se bebe". Hasta la fecha debo presumir que pocas cosas (y personas) me han quitado el sueño, y el café no es una de ellas. Aunque Alejandro Dumas sostenga que "una mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma, no deja dormir".

Con todo, recuerdo a Jim Morrison, un pésimo bebedor, no de café, sino de bebidas espirituosas, con una elegía que a alguna pasión le debió haber conducido. "Y llegué a ti, en busca de paz. Y llegué a ti, en busca de oro. Y llegué a ti, en busca de mentiras. Y tú me diste fiebre. Y sabiduría. Y gritos de dolor. Y aquí estaremos. El próximo día. El próximo día. Y mañana". A mí me llevó al café. A la penúltima taza. Espero que la última, tarde mucho en llegar.