Australadas

Alburología

Lo confieso, en más de una ocasión he caído en sus garras. A fin de cuentas, soy tan falible como el que más. Y aunque recurro con muy poca frecuencia (demasiado poca para entrar en círculos nada selectos), a su elíxir maxilar, confieso que he albureado. Poco y con casi nada de fortuna, porque mi sparring habitual, El Vakey, mi carnalito del alma, el tipo más decente que ha pisado esta tierra, no suele responder como debería, o al menos como mandan los cánones del quinto patio.

Así ni chiste tiene, dirían los que saben del tema, por eso me he decantado por el lado amable de la vida y por dejar de andarle buscando aristas sexosas a todo, con tal de empinarme a quien se deje. Porque de eso se trata el albur, esa verborreica necesidad del mexicano por someter sexualmente al contrario, sin importar el género que ostente. Siempre me he preguntado las inclinaciones que existen detrás del albur y con certeza hay quienes le han hincado el diente al asunto.

En especial luego de que el maese Octavio Paz tundiera el imaginario del habitante de este suelo con su Laberinto de la soledad. Además de desnudar la psicología del mexicano, pone en evidencia su carácter misógino, pero además la necesidad de maniatar antes de mirarse vencido. Porque rajarse, sugiere, significa no ser hombre, aunque de por medio vaya pasar por encima de otros de su propio género. Lo que ocurre singularmente con el albur.

Y lo curioso es que, en esa idea de no rajarse, es decir, de no tener raja (lo que de cualquier forma coloquial y anatómicamente acaba teniendo), entra al juego verbal y se defiende del acoso de otros acosando. Simulando la cópula con la cual pretende dominar al oponente, lo que a fin de cuentas no hace sino ensayar un acto de homosexualidad, escenario que suele sorprender a quien practica el albur. Y que en nada aminora cuando se asume ganador, es decir, el que alburea, porque tan alejado de la heterosexualidad resulta quien penetra como quien es penetrado.

No es el ánimo de la antipatía lo que mueve esta reflexión, sino la idea de señalar la ausente reflexión de quien ostenta agilidad palabrística para manipular al otro al ritmo de sus encantos sensuales. ¿O debo decir seduciendo con la voz y la semántica del cuerpo a cuerpo? Luego de esta paradoja del machismo del siglo XXI, ¿seguiría siendo motivo de orgullo que un hombre alburee a otro, en especial cuando la homofobia tan frecuente en el mexicano está cada vez más puesta en entredicho con este tipo de discursos? Sólo pregunto.

fulanoaustral@hotmail.com