Australadas

“Álbitro” injusto

Los caminos del Señor son por demás extraños. Y si a eso le sumamos que, como dice Woody Harrelson en su papel de Mickey Mallory en la cinta "Asesinos por naturaleza", todos tenemos algo oscuro en nuestro pasado, las cosas se ponen de a pechito para que se arme la rebambaramba. Por azares del destino mientras aún estudiaba Comunicación, es decir, cuando todavía estaba matriculado en la carrera, llegó a mis manos la oportunidad de trabajar y dejar de ser "estudihambre". El problema era que la chamba en cuestión no era como lector de noticias, reportero de nota roja o jala cables en algún medio, la oferta "irrechazable" estaba a ras de césped y tenía que ver con el pambol.

En mi calidad de ariete del área con dos pies izquierdos, era impensable que se me pagara por jugar al balompié y en todo caso llegué a temer que cada vez que me acercara al esférico me iban a cobrar una corta, nada más por maleta. Pero como dicen que para bailar tango hacen falta dos, un amigo de la "inflancia y la alcoholescencia" me invitó a vestirme de negro y aplicar la ley en las canchas de fútbol rápido de la demarcación. Y entonces comprendí que Dios los hace y ellos se juntan, pues por hacerle caso a los cantos de sirena, con el cuento de que era lana fácil por hacer ejercicio que me lanzo a la aventura de la ocarina.

Al principio no fue nada sencillo, acostumbrarse a ver pasar el esférico con el impedimento de no tocarlo. Yo era experto en lo primero, pero las ganas de echar unos chutes eran más fuertes que mi incipiente profesionalismo. Así que haciendo gala de indiferencia simulada y con esa estúpida prepotencia que otorga saberse la autoridad, aunque sea de chocolate, me propuse hacerla de "albitro" lo más dignamente posible, lo que sea que ello signifique. Frente a mis ojos pasaron buenos, regulares y malos esperpentos. Seres que iban a jugar por diversión y otros tantos que lo que buscaban no era quién se las había hecho en la semana, sino quién se las pagara.

Oficinistas frustrados, pubertos impresentables, guanabis ternuritas, en fin, toda una fauna detrás de un balón. Responsables a fin de cuentas de que la labor de los colegiados enfundados en unas chompas fosforescentes fuera rentable. Y era verdad, se trataba de una labor sencilla y sin daños colaterales. Hasta que algún neurótico se tomaba demasiado en serio su papel de crack del pasto sintético y consideraba la incompetente labor del nazareno como una afrenta al más rancio de los códigos pamboleros. Y ahí había una de dos, hacer entrar en razón al descerebrado o ignorarlo para después pintarle dedo, pero eso sí, siempre con la complicidad de colegas del arbitraje como terapia para evitar la tentación de la dictadura.

He pensado en todo esto luego de ver la charla que Adela Micha tuvo con Chiquimarco, el polémico árbitro de la Liga Muy-X que recién ha colgado el silbato. Como muchos fui testigo de sus shows en la cancha y de las confesiones en la entrevista de marras. Y mientras estaba en el chisme de su vida no pude evitar decirme a mí mismo "¡ay mi vidooo!" cuando sentí una profunda empatía con el ente que había sido odiado por tantos. Y me alegré de que su jefecita dejara de ser, por fin, el objeto de las mentadas de la perrada. Como le ocurrió a mi sacrosanta cuando le dije que dejaba el "arbitraje" para dedicarme al periodismo.