Australadas

Acción Patética

Dicen los enterados que uno de los niveles más elevados del pensamiento crítico, algo así como la "sensoyuki" de la materia gris, lo representan la metacognición y la autorregulación. El par de palabras domingueras aluden a la capacidad del hombre de pensar en lo que se está pensando y en dirigir dicho caudal de ideas. Hace algunos años el fulano que esto escribe presumía de tener plena conciencia de los momentos en que me extrañaba de mí, es decir, que me dejaba ir cual gorda en tobogán. Aunque alguien me advirtió que eso no era posible, pues al tener conciencia de estarme yendo dejaba, por mera definición, de irme.

La verdad es que la incongruencia me importaba una pura y dos con sal. Así que por años me dediqué al sutil arte de la ingesta de tubérculo poblano con premeditación, alevosía y ventaja. Claro que lo único que conseguí, además de la certeza de estarme haciendo como el Tío Lolo, fue invertirle largos ratos al asunto de la observación, y es que a punta de fugas acababa por clavarme en alguna textura y entonces sí me les desaparecía, incluyéndome a mí mismo. Reconozco que es una jalada de los pelos, pero juro por la garrita, parafraseando a mis compadres de Les Luthiers, que no sólo fue cierto, sino además verídico.

En uno de esos "lapsus tuberculus" me descubrí (siempre con la metacognición y la autorregulación de por medio), embebido en una barda que consignaba la frase: "Llegué a amarte tanto, que para amarte más empecé por amarme menos". El derrame de piloncillo fue tal que incluso a mí me pareció de una cursilería asquerosa, aunque entendible. Hemos crecido con la certeza de que las emociones duelen y que entre mayor sea la herida es mejor. Por eso nos vienen como anillo al dedo esa clase de pintas que en Latinoamérica se han bautizado con el título de Acción Poética.

Con esta idea de por medio me dediqué a hacer sociología de bardas, topándome con extraordinarios casos de arrebatado y absolutista amor: "Te amo, pero no es para tanto... es para siempre"; o despliegues lingüísticos: "Mi fantasía textual es que me comas y punto"; ahí estaba la clásica de Rayuela: "Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos", y las de alcances malandros: "Sin ser Picapiedra yo sí te daba daba dú", hasta las de quemados que murieron de ardor: "Perdón por tratarte como si valieras la pena". ¡Zaz!

Al respecto Eduardo Galeano hace un recuento de pintas en El libro de los abrazos: En Santiago de Cuba, "Cómo gasto paredes recordándote"; en Bogotá, "Dios vive... de puro milagro"; en Montevideo, "La droga provoca amnesia y otras cosas que no recuerdo"; y en Melo, también Uruguay, "Ayude a la policía, tortúrese". Por eso he pensado que a las bardas les hace falta un poco de picardía, y para no errarle podríamos comenzar con algo de letras en aerosol del maese Efraín Huerta: "Nomás por joder yo voy a resucitar de entre los vivos"; "Hablando se enciende la gente"; "Me voy en busca de mujeres horizontes"; "Y así le dije con desolada y cristiana bondad: desnúdate que yo te ayudaré". ¡Arroz!