Al Derecho

Prudencia

Baltasar Gracián (1601-1658), sacerdote jesuita español escribió varios libros que cuatro siglos después se consideran clásicos. Uno de estos, El arte de la prudencia, publicado en 1647, contiene 300 aforismos. El diccionario de la RAE define aforismo como “sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte”.

La mayoría de esos aforismos resumen la sabiduría práctica necesaria para vivir mejor, son consejos útiles para cualquier persona, en especial para quienes tienen cargos de responsabilidad, ya que intentan enseñar la importancia de practicar el arte de la prudencia en cualquier momento o circunstancia. A continuación se extraen unos cuantos.

Carácter e inteligencia. Los dos polos para lucir las cualidades; uno sin otro es media buena suerte. No basta ser inteligente, se precisa la predisposición del carácter.

Las cualidades personales deben superar las obligaciones del cargo y no al revés. Por elevado que sea el puesto, hay que demostrar que la persona es superior.

Sopesar las cosas. Más las que más importan. Como no piensan, todos los necios se equivocan: nunca entienden de las cosas la mitad, y, como no perciben el daño o la oportunidad, tampoco actúan con rapidez. Algunos hacen mucho caso de lo que importa poco y poco de lo que importa mucho, sopesando siempre al revés.

Saber escuchar a quien sabe. No se puede vivir sin entendimiento, propio, o prestado, pero hay muchos que ignoran que no saben y otros que piensan que saben, no sabiendo. Los errores de la estupidez son irremediables, pues como los ignorantes no se tienen por tales, no buscan lo que les hace falta.

No ser testarudo. Todo necio es obstinado y todo obstinado es necio. Cuanto más equivocada es la opinión mayor es su tenacidad. Incluso, cuando hay evidencias ceder es lo honesto, pues, sin perder la razón, se demuestra galantería. Más se pierde tercamente porfiando de lo que se gana con el triunfo. Eso no es defender la verdad sino la grosería.

Sentir con los menos y hablar con los más. Querer ir contra corriente hace imposible descubrir los engaños y es peligroso. Disentir se considera un agravio, porque es condenar el juicio ajeno; los disgustados se multiplican tanto por quien ha sido criticado como por quien lo ha aplaudido. La verdad es de pocos, pero el engaño es tan común como vulgar.

Comenzar con pies de plomo. La necedad siempre entra de rondón, pues todos los necios son audaces. Su misma estupidez, que les impide primero advertir los inconvenientes, después les quita el sentimiento del fracaso. Pero la prudencia entra con gran tiento. Sus batidores son la observación y la cautela; ellas van abriendo camino para pasar sin peligro. Cualquier acción irreflexiva está condenada al fracaso por la discreción, aunque a veces la salva la suerte. Conviene ir con cuidado donde se teme hay mucho fondo; que lo prepare la sagacidad y que la prudencia vaya ganando terreno.

Tres cosas hacen un prodigio, y todas son el mayor regalo de la suma generosidad: rico ingenio, juicio profundo y un buen gusto. Imaginar adecuadamente es una gran ventaja, pero lo es mayor pensar correctamente y tener un entendimiento del bueno. El ingenio no debe estar en el esfuerzo: sería más laborioso que agudo. Pensar bien es el resultado de la racionalidad. A los veinte años reina la voluntad, a los treinta el ingenio, a los cuarenta el juicio.

No seguir adelante con la necedad. Algunos convierten el error en una obligación: como se equivocaron al comienzo creen que por constancia hay que continuar. En su fuero interno ven el error, pero en su exterior lo excusan. Por eso su imprudencia inicial se convierte a los ojos de todos en necedad. No obligan ni las promesas irreflexivas ni la determinación equivocada. Pero algunos persisten en su torpeza inicial y siguen adelante con su escasa inteligencia: quieren ser constantes de modo impertinente.

La virtud es la cadena de todas las perfecciones, es el centro de la felicidad. La virtud es el sol del pequeño mundo llamado hombre, el hemisferio es la buena conciencia. La virtud es tan hermosa que consigue la gracia de Dios y la de la gente. Nada hay que amar más que la virtud. Hay que medir la capacidad y la grandeza por la virtud y no por la suerte. La virtud hace al hombre digno de ser amado, cuando vive, y memorable, una vez muerto.

A pesar de su longevidad estos consejos siguen siendo válidos, en estos días todos deberíamos obrar con prudencia, es decir, con la capacidad para discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello. 

csepulveda108@gmail.com