Al Derecho

Sedición

Los sucesos que están ocurriendo en diversas partes del territorio nacional, particularmente en el estado de Guerrero, muestran que las protestas se han convertido en furiosos actos de brutalidad incontrolada, violencia vandálica que sería algo más que un conjunto desordenado de agresiones a las instituciones.

Las similitudes que existen cuando se compara la situación actual con la que se vivía en México hace cien años son inquietantes. María Eugenia Ponce Alcocer en su libro El caleidoscopio revolucionario (Universidad Iberoamericana, 2010) hurgó en diversos archivos y de documentos auténticos recabó valiosa información sobre cómo se fue gestando el alzamiento de 1910, las reacciones del gobierno porfirista, la mirada de diversos actores y las impresiones de varias personas sobre cómo vivían esos sucesos.

Diversas versiones de los hechos sostenían que las causas del malestar que entonces prevalecía se debía al despotismo de los jefes políticos, quienes además eran arbitrarios y robaban; que el pueblo ya no soportaba tantos atropellos y vejaciones de los caciques, prefectos y demás empleados; que los señores jueces vendían la justicia y el pobre pueblo sufriendo siempre sin esperanza que le hicieran justicia y sin tener a quién acudir en demanda de alivio de sus penas.

De igual manera se creía que la pobreza, la desigualdad y la influencia que tenían algunas familias ricas que monopolizaban en su provecho todos los negocios eran causas que animaron al pueblo a levantarse; de ahí que cuando la sedición aumentó, una de las personas citadas decía que eso se debía a un descuido de las autoridades y “una contemplación en alto grado”, ya que con tiempo habían sabido  de sus preparativos y de la compra de armas, pero por creer que se pudieron lastimar los derechos de los ciudadanos los dejaban manejarse descaradamente y no se había castigado a los revoltosos.

Ante la posibilidad de poner fin a la rebelión, el general Juan A. Hernández creía que todo el estado de Chihuahua simpatizaba con la revuelta, por lo que proponía trabajar mucho moral y materialmente para cambiar la situación, igualmente se necesitaba el convencimiento para unos, la energía para otros y la inflexibilidad para los más rebeldes, y agrega, para muchos, la consignación al juzgado no era eficaz pues era mucho más práctico y de resultados más positivos mandarlos a Quintana Roo, en la misma forma que lo habían hecho con los perniciosos de Oaxaca y Puebla.

Uno de los testimonios que se recoge en este libro proviene del administrador de una hacienda, quien de manera extensa le comunicaba a sus patrones que radicaban en Europa que no creía factible que en la capital de la república hubiera riesgos de saqueos porque “la plebe es inofensiva cuando no la encabezan y azuzan los instigadores de oficio y como ellos se han encaramado al poder, ellos son los más interesados en sofocar esta clase de motines”.

En octubre de 1912 en una carta se lee, “no obstante el ambiente de malestar, desgracia y crisis económica que padecía el país, los diputados, antes de cumplir un mes de haber tomado posesión, se aumentaron al doble su sueldo, lo que consideraba el colmo del cinismo”.

Es verdad que la situación actual no reviste el grado de dificultad que se vivía hace cien años, pero no se debe tomar a la ligera las coincidencias de hoy con el ayer, entre otras, el azuzamiento de instigadores de oficio; la inacción e inoperancia de algunas autoridades, la falta de claridad sobre cómo restablecer el orden; el que sigan existiendo funcionarios déspotas, arbitrarios y corruptos;  que la justicia se venda; la extendida pobreza y creciente desigualdad; las dudas sobre cómo combatir los actos violentos; la derrota del ejército federal (entonces una fuerza de 14,000 soldados), y algo recurrente, no obstante la crisis que se vivía en 1912, los diputados se aumentaron el sueldo.

La paradoja es que quienes dirigen el alzamiento violento contra la autoridad y el orden público (sedición) piensan que es el inicio de una revolución; para la mayoría de los mexicanos esos actos son meras expresiones de protesta. Pero el reto es mayor, ¿Cómo se restablecerá el orden y cómo se prevendrán y controlarán acciones más radicales?

 

csepulveda108@gmail.com