Al Derecho

Moral y política

A pesar de que hace unos veinticinco siglos los filósofos griegos estudiaron la relación que existe entre moral y política aún sigue habiendo divergencias, Platón, uno de los primeros pensadores que abordó esa cuestión estableció la sujeción que la política debía tener respecto de la moral; su discípulo Aristóteles analizó y argumentó las razones de esa relación de una manera tan sabia y profunda que desde entonces nadie lo ha superado.

Entre los antiguos la política nunca se separó de la moral, el hombre y el ciudadano eran la misma cosa, y el Estado, como la familia, no reposaba sino sobre la virtud; para Platón la política es la moral misma, mientras que para Aristóteles la moral es una parte de la política, afirma el francés Paul Janet (1823-1899) en su libro Historia de la Ciencia Política (Ed. Nueva España, 1948)

En oposición a esas tesis, Maquiavelo, el primero que hizo un análisis del poder al margen de la ética y de la religión, sostuvo la separación de la política respecto de la moral, 500 años después sus ideas siguen siendo objeto de debate, crítica, rechazo y de abierta coincidencia por parte de muchos seguidores.

El maquiavelismo es algo más que esa fineza pueril y frívola que se sirve de la palabra para ocultar el pensamiento, más bien consiste en una política cautelosa o violenta, según se necesita; que emplea con la misma complacencia el hierro o la crueldad, el fraude y la traición, y esa política, dice Janet, puede convenir igualmente a los gobiernos que a los pueblos, para él hasta la política del terror es maquiavelismo.

Una tarea pendiente es encontrar el punto justo y preciso de las relaciones de la política con la moral, lo cual es muy difícil de fijar pues la política supone la moral de manera práctica y teórica; prácticamente, porque sin buenas costumbres y sin virtud, el Estado es imposible y perece inefablemente; teóricamente, porque la filosofía moral es la única que nos puede hacer conocer la verdadera finalidad de la filosofía política.

Agrega Janet, el Estado no ha sido instituido para hacer reinar la virtud, pero no puede vivirse sin ella, de suprimir la buena fe, el valor, la equidad y el amor patrio, el Estado, privado de toda esa fuerza moral no sería nada; de igual manera, existe esa misma necesidad por lo que hace a los gobernantes ya que nada puede igualar la integridad, el amor a su profesión y el celo del bien público.

Respecto a si el Estado debe establecer y hacer reinar la virtud, él niega esta posibilidad, ya que la virtud es la obra de la voluntad individual y tiene su asiento en el corazón, es ella la que forma al Estado y no el Estado el que la crea, pero claro está que el Estado ejerce influencia sobre la moralidad de los ciudadanos, estableciendo el orden, la unión y la paz, capacitando a los hombres para el cumplimiento de sus deberes; si el Estado está bien constituido, las facultades morales encontrarán manera más fácil de desarrollarse a su sombra y puede aún intervenir más directamente por medio de la educación.

El Estado no puede imponer la virtud por la ley, no obliga a los ciudadanos a ser generosos, buenos, liberales y morigerados, sino que protege el derecho de cada uno y no puede ir más lejos sin caer en el despotismo, de ahí que son los mismos ciudadanos  los que tienen la obligación de hacerse dignos de la ciudadanía y asegurar, por sus costumbres, el imperio de las leyes.

Agrega Janet que el Estado tiene un fin moral que realizar y si le está permitido cumplir su destino de diversas maneras no se le permite en modo alguno que olvide la finalidad para la que fue creado, así como el derecho y la virtud se alían para producir el orden y la paz, la política y la moral deben unirse sin mezclarse.

Es verdad que la moral debe influir a la política y que en toda política pública  siempre debe haber una idea moral, para vivir con seguridad, justicia y armonía, más que contar con muchas leyes se requiere practicar buenas costumbres.

 

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