Al Derecho

House of Lords

Lord es un título de nobleza que se otorga a los integrantes de la Cámara de los Lores o segunda cámara del Parlamento del Reino Unido de la Gran Bretaña, la que tiene su origen en el siglo XI, surgió como un órgano político de consulta de los reyes sajones; en el siglo XIII nace el Parlamento inglés de manera conjunta con representantes de condados, ciudades y burgos; en el siglo XIV se separa la representación de la nobleza y se forma la Cámara de los Comunes (diputados) que quedará integrada por los representantes populares, y la Cámara de los Lores, desde entonces, quedará compuesta por arzobispos, obispos (actualmente son 26 lores espirituales) y los nobles o aristócratas (actualmente son 757).

Los lores tienen funciones de tipo legislativo, de control gubernamental y son la última instancia en materia de justicia. En el sitio oficial del Parlamento se informa que la mitad de su tiempo los lores lo dedican a revisar y aprobar proyectos de ley y que en el 2013-2014 las sesiones de control produjeron 31 reportes sobre políticas públicas en materia económica, internacional o asuntos de interés público; en ese mismo año el gobierno dio respuesta oral o por escrito a 7,559 cuestiones que le fueron planteadas por los lores. 

Aunque se supone que los lores deberían ser en su mayor parte nobles o aristócratas que heredaron el título que les concede el derecho de ser lores con carácter vitalicio, una reforma de 1999 permitió que también pueden serlo personas designadas por la reina y o el gobierno, de ahí que en los últimos años sean más los lores que no tienen como origen la nobleza.

Debido al excesivo número de integrantes, cuestionable eficacia y escasa funcionalidad en el 2011 el gobierno presentó una propuesta para que el total de lores fuera de 300, de los cuales el 80 por ciento provendría de elecciones y un 20 por ciento por designación, pero cuando los comunes discutían este proyecto el propio gobierno lo retiró sin que se tenga una idea clara de qué sucederá en el futuro tomando en cuenta, entre otros factores, la conducta inapropiada de algunos de sus miembros.

En el Reino Unido los actos inmorales (no se diga los escándalos sexuales) tienen gran repercusión en la opinión pública y quienes incurren en ese tipo de sucesos indefectiblemente han perdido sus cargos públicos. El último ha sido el señor John Sewel, de 69 años, antiguo ministro de Agricultura en el gobierno laborista de Tony Blair y quien hasta hace unos días era el vicepresidente de la Cámara de los Lores y, ¡oh sorpresa! el Presidente de la Comisión de Buena Conducta.

El señor Sewel, lord de su majestad, recibía por esas funciones unos dos millones de pesos anuales no obstante lo cual su adicción por esnifar cocaína en billetes de cinco libras sobre el pecho de una prostituta, acto grabado subrepticiamente (ilegal o no que haya sido) y que más allá del escarnio seguramente tendrá consecuencias políticas aún impredecibles.

A pesar de que el mismo Sewel hace poco introdujo reformas para endurecer el Código de Conducta que deben observar los lores, y aunque no se sancionan expresamente los actos de la vida privada, cuando estos son inmorales o depravados siempre resultan ser más graves y lesivos que los que pueden llegar a cometer en el ejercicio de sus funciones, como lo demuestra la renuncia derivada del escándalo desatado por las fotografías publicadas de Lord Sewel (de inmediato apodado Lord Coke) en un periódico londinense.

Este bochornoso suceso debe reabrir la discusión sobre la necesidad de reformar este elitista órgano que es más una reminiscencia medieval y revisar si su productividad, utilidad, número y calidad de sus integrantes responde a las necesidades de una democracia moderna pues es evidente que la Cámara de los Lores se ha convertido en un cuerpo decadente, costoso, senil (el promedio de edad de sus miembros es de 70 años) y cuyo papel en la vida política y en el desarrollo del gobierno es muy secundario.

El Parlamento británico ha sido el más importante en la historia y su espacio físico el más bello del mundo, pero sus actuales integrantes no son los mejores legisladores ni los ciudadanos más ejemplares.

 

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