Al Derecho

Ejemplaridad

Mi amigo Guillermo Mendoza me regaló el libro Ejemplaridad pública, en el que Javier Gomá habla de la lucha que el hombre occidental ha sostenido durante los tres últimos siglos para alcanzar su liberación individual, lucha dignísima contra la opresión, la coacción y el despotismo ideológico que ha obtenido amplias garantías jurídicas y culturales que han ensanchado inmensamente su libertad individual pero que no ha tenido como consecuencia su emancipación moral.

En ese libro el filósofo y abogado español afirma que el fenómeno más original de nuestro tiempo es la vulgaridad, de manera peculiar explica lo que la vulgaridad instalada en nuestra cultura reclama para ésta un respeto como emanación genuina de igualdad ya que se ha constituido por derecho propio en la categoría político-cultural capital de nuestro tiempo, la vulgaridad es una conducta  respetable por la justicia igualitaria que la hace posible pero es una forma no cívica, es una forma de barbarie en la que no es posible edificar una cultura ni ningún proyecto ético colectivo sostenible por estar basada en la barbarie de ciudadanos liberados pero no emancipados, personalidades incompletas, no evolucionadas, instintivamente autoafirmadas y desinhibidas del deber.

Después de exponer lo que para él son algunos rasgos de esa vulgaridad en lo público, Gomá  plantea una teoría de la ejemplaridad pública y al hablar sobre la auténtica fuente de la moralidad social explica que la ética nace de la costumbre (como indica su nombre), que la virtud no es un acto aislado sino un “modo de ser”, un estado permanente que predispone al hombre a realizar su función en el mundo y a ser feliz haciéndose bueno. Que ese vínculo entre virtud y costumbre tiene importantes consecuencias políticas cuando la polis a la que pertenece el yo es una comunidad ética y que los ciudadanos se hacen virtuosos cuando adquieren hábitos y costumbres virtuosas o que predisponen a la virtud.

Las costumbres han regido la vida de los pueblos durante milenios, para que las leyes sean configuradoras de costumbres y productoras de un efecto pedagógico en la ciudadanía, agrega Gomá, exige que el legislador haya respetado las costumbres del país decantadas en principios, usos, estilos, convicciones, aspiraciones, expectativas y valores que informan el espíritu de esa comunidad política y su idiosincrásico modo de ser ya que todo orden jurídico descansa en la confianza de su probable cumplimiento por la comunidad pues la ley más coactiva, invasiva y represora será papel mojado ante un hábito general de desobediencia por parte de la ciudadanía y nada puede hacer la ley, ni son suficientes policía y cárceles ante la costumbre de un incumplimiento generalizado.

A partir del reconocimiento de la vulgaridad se plantea la posibilidad de su reforma, la vulgaridad reformada es la ejemplaridad en su modalidad igualitaria que puede cumplir una función en la democracia moderna y de manera especial en la responsabilidad del ejemplo político, la responsabilidad por las consecuencias morales en la vida de los otros dimana del propio ejemplo y es universal, sobre todo en el espacio público que es el escenario más genuino y propio en el que debe estar cimentada la ejemplaridad pues la política es el arte de ejemplificar.

Los políticos –dice Gomá- gobiernan de dos maneras: produciendo leyes y produciendo costumbres; los profesionales de la política son (deberían serlo) personificaciones de la ética implícita vigente en una sociedad al mismo tiempo que configuradores privilegiados de ella. La corrupción de sus costumbres individuales explícita, de una forma concreta y tangible, el espectáculo colectivo de una deshonestidad latente en el grupo y tiene consecuencias desmoralizadoras porque de su ejemplo la ciudadanía sólo puede extraer modelos de vulgaridad.

Es una verdad creciente que en las elecciones lo que atrae la confianza de los ciudadanos no es tanto el programa electoral de los partidos políticos como la personalidad misma del candidato, en el futuro será más importante lo que éste “es” que lo que “hace” y tener una aurea de carisma ayuda pero no es suficiente.

El gran problema es que la confianza no se compra, no se impone, no se fabrica: la confianza se inspira. La inspiración de confianza nace más de la ejemplaridad personal que de la conducta pública, los políticos deberían ser personas ejemplares para la sociedad.

 

csepulveda108@gmail.com