Columna invitada

El príncipe de la basura: entre lo público y lo privado en la era de las redes sociales

Hace unas semanas Carmen Aristegui dio a conocer una investigación periodística en la que se relacionaba directamente al  dirigente del PRI en el DF, Cuauhtémoc Gutiérrez, con una red  de prostitución. El modus operandi consistía en enganchar mujeres jóvenes por medio de anuncios donde se solicitaban edecanes o asistentes administrativas para trabajar en oficinas de gobierno, pero la verdadera naturaleza del trabajo se les revelaba hasta las entrevistas cara a cara con la reclutadora de la red, Priscila Martínez González, quien les informaba que su trabajo consistía en mantener relaciones sexuales con Cuauhtémoc Gutiérrez. Una vez convertidas en trabajadoras sexuales se les registraba en la nómina del partido como auxiliares administrativas, recibían sueldos mensuales, acudían a eventos y realizaban sus labores dentro del edificio del PRI en horas de oficina. Este caso atrapó la atención de los expertos, de los medios y redes sociales. La reacción fue mayormente negativa expresando su indignación y exigiendo la intervención de las autoridades. Esta sonoridad mediática permitió la separación del cargo de Cuauhtémoc Gutiérrez para ser investigado.
¿Desde dónde explicar estos sucesos? Una mirada sociológica nos permite distinguir tres actores principales: el jefe, (Cuauhtémoc Gutiérrez, cliente y patrón al mismo tiempo), la asistente, (Priscila Martínez, la “enganchadora”) y las niñas (las mujeres contratadas como asistentes administrativas/trabajadoras sexuales). Y como trasfondo, las oficinas de la dirigencia del PRI en el DF.
En la base de la pirámide se encuentran las niñas, llamadas así por Priscila Martínez, quienes en su calidad de anónimas se les agrupa en esta clasificación, sin una identidad o historia particular.
Las niñas  eran privadas porque su jefe pagaba por su tiempo y por su compañía, disponibles incluso fuera de sus horas de trabajo, dispuestas a lo que el Jefe quisiera hacer. Como propiedad privada estaban resguardadas de cualquiera. Pero lo que Cuauhtémoc Gutiérrez no tomó en cuenta es que dos de estas “Niñas”, mujeres jóvenes que respondieron a los anuncios engañosos, decidieron acudir a los medios de comunicación a denunciar las acciones de Gutiérrez y Martínez. Este aspecto también cobra importancia, pues las mujeres que destaparon esta cloaca confiaron su voz a los medios de comunicación en lugar  de las instancias de justicia. Esto ejemplifica la desconfianza hacia las instituciones e ilustra la importancia que están tomando los medios independientes y la opinión pública en las redes sociales en torno a asuntos que antes pasaban desapercibidos o eran ignorados. El Jefe no contó con la ubicuidad de las redes sociales y que una vez que se contara la historia, ésta se diseminaría muy rápido y sin control, no como hace diez años, cuando la interacción con sus “edecanes” salió a la luz por primera vez sin mayor consecuencia. Ahora la noticia llegó a todos lados y el público no tardó en expresar su inconformidad. En la era de las redes cada vez más lo privado se hace público y lo público se hace privado. Prácticamente todas las personas tienen acceso a cámaras fotográficas y de video, además, tienen disponibles innumerables herramientas para publicar todo tipo de material en variados medios de comunicación. El público está hambriento de justicia y de que su voz se escuche, por eso, un incidente de este tamaño no podía pasar desapercibido, aún sin importar lo vulnerables que fueran las víctimas. Esto es interesante, pues usualmente las mujeres que realizan trabajo sexual acarrean opiniones bastante negativas en las que se les pone la etiqueta de “ellas”, diferentes al resto de “nosotros” y por lo mismo no son merecedoras de nuestra atención. Pero en la realidad virtual la denuncia de Las Niñas se unió a las denuncias de la ciudadanía, haciendo que ya no fueran “otras personas” diferentes a “nosotros”, sino parte de la misma sociedad cuyos problemas son al final, los mismos: ausencia de justicia y dignidad. Las Niñas aún son anónimas, pero su nuevo anonimato va de la mano con el reconocimiento de que ellas también somos nosotros. En una sociedad en donde las fronteras entre lo público y lo privado se difumina ocurre una nueva distribución del poder, empoderando a grupos que de otra manera no tendrían mayor presencia. No cabe duda que es necesario asimilar y aprovechar los cambios sociales por los que estamos pasando, para educarnos y concientizarnos ante las posibles ventajas y riesgos de las nuevas formas de organización social.