La letra desobediente

Ese periodismo

Ahí va, tal como me lo contaron: para su examen de ingreso al periódico El Día, de Enrique Ramírez y Ramírez, el joven se esmeró en escribir su reportaje sobre la situación precaria en que viven los voceadores de diarios y revistas de la Ciudad de México. Era un trabajo fácil al parecer, porque él vivía justo en la calle de Artículo 123, ahí donde los voceadores distribuían los periódicos a toda la capital.

Para nadie es un secreto las condiciones laborales de esos trabajadores: viven de la venta del papel impreso por porcentaje, no tienen prestaciones, trabajan por la madrugada, desayunan tamales envueltos en un bolillo, con atole o café y a vender medios de comunicación. El que más grita tiene mayores posibilidades de sacar el dinero del día:

—¡La prensa, Esto, Ovaciones… llévelos, llévelos, que se acaban…!

Presentó su trabajo —realizado con entrevistas de los involucrados—, a Carmen de la Vega, la jefa de información del diario con tendencias de izquierda priista, en plena decadencia. Ni un comentario a lo escrito por el joven aspirante a reportero. Horas de espera. Por fin lo mandaron llamar a la dirección general. Don Enrique Ramírez y Ramírez se concretó a decir:

—Esto no es nuevo, pero tiene usted posibilidades de ser reportero. Nada más aprenda esta lección: nunca se ocupe de quienes trabajamos en el oficio. Si yo publicara lo que usted ha escrito nuestro diario se dejaría de distribuir por los voceadores de México. Váyase a su mes de prueba. Felicidades.

Nunca le regresaron a ese joven el reportaje o crónica —por aquel entonces no encontraba las diferencias entre los géneros—. Un trabajo que escribió en una máquina de esas antiguas donde los dedos se deslizan, las teclas suenan y aparecen las palabras: para 1978 las teclas eran la prolongación de los dedos y la invención de un texto.

El jovencito aprendió la primera lección de Don Enrique: nada contra el gremio, aunque la situación laboral sea un desastre. Usted se calla. Usted se ocupa solamente de la calle sin involucrar a los dueños de diarios y revistas. La cadena de distribución de medios de comunicación se sustenta en la hipocresía de dar trabajo a desempleados que, para sobrevivir, trabajan en condiciones de esclavitud, eso sí, en tiempos modernos.

Eran los 70. Pero algo de aquellos ecos se sigue viendo en las esquinas de la ciudad de México. No es difícil corroborarlo en 2015.

braulio.peralta@milenio.com

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