La letra desobediente

No pasarán

Tuve una pesadilla: una pistola sobre mi sien y una voz que me decía:

—¡Cállate o te mueres!

El corazón me latía con fuerza. En mi desconcierto pensé: ¿por qué a mí? No he hecho nada frente a escritores y periodistas que han pasado a otra vida por el hecho de ejercer su libertad de expresión. Recordé a los escritores anónimos de la Biblia, la Tora y el Corán de quienes no sabemos bien a bien cuál fue su destino, pero sabemos por la historia que los que no estaban de acuerdo con esos libros fueron quemados o guillotinados, sea por la Santa Inquisición o en el mundo musulmán. Razonar va contra los designios de Dios. Cuesta separar la religión de la política en tiempos actuales.

Los científicos no tienen cabida en lugares donde la religión es la única verdad. Las religiones no conocen otra libertad de expresión que la suya. Alimentan el odio a toda diferencia —lo vemos en París y Estocolmo o la eterna guerra entre Israel y Palestina, religiosa y también política.

Aun así, ante la perseverancia bárbara de las Iglesias a la diversidad, son los asuntos políticos los que aniquilan a los librepensadores en una cantidad que, por millones, asombra en países del mundo árabe, los totalitarismos o en democracias falsas o endebles como la de México. ¿Qué será de nosotros?

 Con la fría pistola sobre mi sien me decía que no había ninguna razón para que una bala atravesara mi cráneo. Quizá sueño por las noticias que había leído los últimos días sobre la muerte de periodistas. Por ejemplo la de 11 reporteros en Veracruz durante los tres años de gobierno de Javier Duarte. Asesinatos impunes dignos de investigación federal más exhaustiva porque hasta ahora no han dado con los asesinos. No se equivocaron los periodistas y escritores al pedir a los organizadores ingleses del Hay Festival cancelar al gobierno veracruzano la presunción de libertad que goza ese estado de la República mexicana.

Con el revólver apuntándome reté con la mirada al asesino sin rostro. Cancelé el miedo. Apelé a la libertad de expresión y grité:

—¡No pasarán!

Desperté y pregunté: ¿Por qué no salimos en masa a las calles a protestar? ¿Por qué dieron a los asesinos la libertad de expresarse con plomo como si viviéramos una guerra civil, o como en otros países del mundo? Eso solo lo deben responder los que dicen preservar la democracia, los derechos humanos y la civilidad.

La pesadilla es una realidad.

braulio.peralta@milenio.com

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