La letra desobediente

El odio

En una olla de grillos el odio es un caldo de cultivo. El odio acrecienta el ánimo de venganza: la cólera del débil. La hiel invade cualquier posibilidad de raciocinio. México respira síntomas de odio irracional. No es todo el país. Aun no. Pero las heridas de Guerrero con los 43 estudiantes de Ayotzinapa han despertado las contradicciones más inconscientes de las comunidades más agraviadas.

Ni siquiera importa la detención de más de 80 acusados implicados en los crímenes contra estudiantes. Importa el coraje como instinto de conservación. Si la impotencia engendra odio, si un barrio, un municipio se siente agraviado, su respuesta será fanática y sinsentido. Nos resulta incomprensible la detención de 100 periodistas en manos de quienes se dicen vengadores de una patria, la suya, lastimada en su orgullo. Pero insisto, no son tantos, no es el país. Pero sí el inició de una semilla—el odio—, que crece como yerba para impedir que la civilidad asiente sus reales.

El periodismo no se salva de odiar: es humano. Creer a ciegas es un mal social, no basta la palabra para acertar en la verdad. Vivimos sin ver la realidad del mundo que es México. Convulsionados por los acontecimientos, falta saber muchas verdades por descubrirse. Estar atentos a la información es parte del bienestar personal y colectivo. Que el miedo no devore las almas que queremos civilidad.

Odiamos lo que despreciamos, por instinto de conservación. Por impedir a como dé lugar la esperanza. Los cambios profundos que una sociedad democrática anhela. El Estado y el gobierno en turno han tenido pésimos niveles de comunicación para apaciguar los demonios sin mente. Tampoco han logrado la justicia que pregonan. Provocan el efecto contrario: la arbitrariedad. No actúan con la ley en mano por culpa y dudas sobre su propia dirigencia. Peligroso camino el de la resistencia al mando. Bastaría el simple ejercicio de la ley en una sociedad convulsa donde unos cuantos empiezan la guerra enconada, al olvido de la democracia.

Los gérmenes del odio traen desgracia colectiva. Nadie podría escapar, ni siquiera los que escriben de autoayuda. Mejor aceptar que esta sociedad odia, que no ha alcanzado los niveles de bienestar para sentir amor a su patria, que es necesario repartir los panes que dicen Dios otorgó a todos. Encontrar la semilla que mata al odio: el amor por nosotros.

braulio.peralta@milenio.com

http://twitter.com/Braulio_Peralta