La letra desobediente

La nueva Medea

La nodriza no advirtió a los padres de Medea que la niña jugaba con muñecos de carne y hueso. Que los peinaba, bañaba y vestía, para divertirse con ellos. Notaba la criada que no era normal el comportamiento de su amita: ansiosa y caprichosa, muy dada a la tristeza y la cólera. Solo el divertimento que le concedieron sus padres era lo único que la satisfacía: esos niños desamparados. Desde niña juró que no se casaría, que se consagraría a ellos. Cada vez quería más chamaquitos que nunca pasaron por su vientre. Los papás, amorosos y complacientes,  le acercaban sus caprichos, ante la mirada atónica de la sirvienta. Así creció Medea: imponiendo sus exigencias, chantajeando conciencias, pervirtiendo normas que la sociedad y el Estado establecían.

El ama de llaves ni siquiera pudo advertir al pedagogo del mal que iba creciendo en la conciencia del infante. La sociedad no estaba preparada para sucesos de esa magnitud, donde una adolescente —ya con 16 años tenía siete hijos adoptados, con autorización de la familia—. Nació y creció para hacer el bien, justificaban. Es tan pobre la nación que algo hay que hacer por esos huérfanos, susurraba el pueblo. Medea se consagró a los hijos sin padres, era la leyenda. Les dio su apellido, les dio casa, les enseñó música para sensibilizar el alma. La leyenda en torno a su vida y obra creció entre la gente preparada.

La obra de Medea era inquebrantable, de una moral aprendida por una sociedad que otorga culpas y castigos. Amuralló a su gran niñeral —que ya era de más de 500 hijos, en un espacio donde ella era la matrona.

 Nada ni nadie podía jamás pisar el sitio sin que ella abriera las puertas de esa casa convertida en prisión. Era una Gorgona defendiendo el territorio: Ni los verdaderos padres podían visitar a sus hijos, tirados a la suerte del destino. Medea hizo la obra para ser consagrada por una sociedad hipócrita que curaba sus sentimientos encontrados con donaciones y limosnas, donde hasta ahora nadie sabe por qué hay cajas mortuorias en el lugar de los hechos.

Creonte, el Rey, lo más que pudo hacer fue desterrarla del sitio. Sacarla inmune. Apelar a su historial de bondad. Esperar el juicio de la ley. Ni Eurípides hubiera escrito nada igual: hijos sin Jasón. Los mitos griegos no son de actualidad. Habrá que inventar a la nueva Medea: ¿mató o no mató a sus hijos?

Vivir sin saber.

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