La letra desobediente

El peor día, la noche del 24…

No quiero ser hipócrita y prefiero hacer una confesión: no soy afecto a la Navidad. Me lastima por evocaciones familiares, por nostalgia y por una infancia sin juguetes. Así de gacho. Mis recuerdos no son de la familia llena de dicha y felicidad. Aprecio a quienes dicen disfrutar las cenas del 24, aunque, honestamente, no estoy seguro de que sea cierto: siempre hay un arrocito negro en el encuentro, con todo y el “amaos los unos a los otros”, la llegada de Jesús, y esa religión que nos atenaza como esclerosis múltiple.

Los niños son los únicos que no se dan cuenta de nada. Ellos sí que son felices; claro, siempre y cuando les den regalos… o tengan padres amorosos. Sabemos que no es la regla. De niño fui feliz sin saber la verdad, y de adulto el recuerdo se hizo frustrante sin llegar a la amargura. La Navidad nos pone a prueba con el afecto con obsequios: dime qué me diste y te diré si te quiero. Lo de “regale afecto, no lo compre”, no funciona la noche del 24 y su secuela, el 25. Si llegas sin nada a una casa, ni dudes que la crítica soterrada estará presente. En mi casa nunca hubo regalos. Vivíamos al día…

Huyo de la Navidad como del pozo de la soledad. Es irremediable la caída; sin embargo, algo despierta en ese hueco que llaman esperanza. Este año puse un árbol de esos con esferas y foquitos. Fui a comprarlo, empujado por un amigo muy querido, a mi antiguo barrio de la colonia Valentín Gómez Farías, al mercado de la calle 39 y avenida 8; puro olor a pino. Algo despertó en mi interior, cerca de aquella vecindad a donde llegamos de la provincia: alegría y tristeza compartiendo remembranzas. Mi amigo me observaba con detenimiento y yo lo miraba con arrobo ante su felicidad de niño de 30 años. Me dijo: “Un árbol que brilla es como mi corazón saltando sobre las ramas”. Él despertó aquel niño que fui cuando saltaba por las ramas de otro árbol, en Veracruz; la felicidad llegó de repente…

Nada tiene que ver la anécdota con la Navidad; sí con un instante de placer por los reencuentros del alma. Hoy un pino adorna mi casa con esferas y luces. Increíble en un grinch tan aficionado como su servidor. El efecto de la amistad todo lo logra, hasta cambiar actitudes aprendidas por simples emociones encontradas.

Y la noche del 24 fue, la mera neta, de poca madre. Algo que otros años no había sucedido… Un árbol de pino en mi casa y un amigo hicieron la diferencia. Adiós a lo grinch