La letra desobediente

Un deseo sexual de Año Nuevo

No creo en el sexo como definición de una persona. En las guerras de la cama nadie pierde o gana: soy de una generación que hacía el amor sin pensar en la pareja, nos perdíamos como pedazos de carne entregados a los brazos del otro. Porque en el sexo no hay razones, hay deseos.

Pero nos cultivamos. Aparecieron las cajitas antropológicas. Nos perdimos. Nos dieron la cajita de lo queer: esos extraños, torcidos, raros, que la sociedad confunde en la diversidad sexual. Las feministas lucharon por igualdad civil ante los hombres, pero sus vaginas no pidieron ser consideradas con perspectiva de género, ¿o sí? Homosexuales y lesbianas pelearon un derecho humano contra todo prejuicio, pero no exigieron encasillarse en ese conjunto, “Lgbttti”, donde nadie se identifica si no se busca sociológicamente. ¿O sí?

La lucha sexual es otra, no una vagina o un pene naturales u operados. Es necesario liberarnos de prejuicios y ser libres para amar, para usar nuestros deseos, para arribar a una educación sexual sin intervenciones divinas y sí con civilidad de respeto al otro.

A demoler las categorías; sin exclusiones, la libertad nos hará libres. Regresemos al clítoris que no piensa, siente. Al ano que no razona, conecta con la espada desenvainada. A la verga que sucumbe al delirio cuando desborda semen, o la vagina que se agiganta cuando derrama esperma. O cuando, sin tocarse, dos voces logran el despertar de la inteligencia para que el sexo sea el instinto verbal que conoce el lenguaje de la sabiduría.

LGBT debería incluir al heterosexual. Escribir mejor “HLGBT”, con el chance que tiene la“mayoría”; quizá así seamos libres, rompiendo las cajitas que nos dividen. La libertad está lejos de la conciencia cuando el sexo es el que habita nuestros cuerpos.

A lo mejor así, incluyendo a los heterosexuales en la cajita de sorpresas del sexo —el que cada uno de nosotros decidimos, elegimos—, logramos la diversidad y con ello la igualdad, el respeto al otro, al diferente. Nadie debe faltar en el convivio. Hagamos el amor que concilia, no la guerra que destruye las conciencias.

A lo mejor así los heterosexuales asumen su diversidad y entonces el prejuicio deja de emanar odio, discriminación, asesinatos, misoginia, transfeminicidios. Aunque sí, hay que decirlo: no solo los heterosexuales, el respeto ha de ser de todos, porque el odio no tiene sexo, tiene ojos vendados ante la ciencia.

Es solo un deseo sexual de Año Nuevo.