La letra desobediente

Sí da

Es una de las epidemias más destructivas en la historia del mundo. Se ha instalado como una enfermedad crónica, ya no mortal; sin embargo, aún podemos reconocer esos cuerpos escuálidos, sin fuerzas, de ojos hundidos, sin esperanza: Apenas hace una semana supimos de un amigo que murió por el virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH), que detona el sida. No se cuidó.

Si tan solo hicieran caso de los medicamentos contra el virus. Si mejoraran los sistemas de salud en la atención a los pacientes. Si las campañas de salud fueran más agresivas sin permiso de las religiones. Si al menos pensaran en protegerse contra los hijos no deseados. Si el uso del condón se convirtiera en la golosina número uno del sexo para disfrutar el placer, no tendríamos 33 mil 400 millones de muertos, entre los cuales 0.57 por ciento corresponde a niños contagiados por sus padres, ya con el VIH (cifras de 2008). Y eso que la enfermedad se ha reducido 17 por ciento los últimos años.

Nadie debería morir por sida. Pero mueren. Y se siguen contagiando: 16 mil nuevos casos de infección, diariamente. 27 millones no saben que están infectados. La tragedia más dura se vive en África: si alguien quiere conocer esa historia, recomendamos el libro de Henning Mankell: Moriré, pero mi memoria sobrevivirá. Crónica estremecedora de testimonios donde los medicamentos que llegan allá son de los que se deshizo Occidente, por arcaicos. Sí: somos una sociedad asesina. “El dolor se percibe en su sonrisa”, escribe Mankell para describir a un ser a punto de morir de VIH.

La Organización Mundial de la Salud instauró desde 1988 este día como uno “de la Lucha contra el Sida”. Un recordatorio al planeta de los prejuicios con que vivimos nuestra sexualidad. Los gays fueron los primeros que cayeron en los años 80, cuando surgió el VIH. Hoy son los menos contaminados, aun cuando la cifra es alta y latente. Hoy es turno de los niños, las mujeres, los heterosexuales que no se protegen debidamente.  Hoy hay que seguir luchando, como si fuera ayer.

Coda: Cuando Cárdenas se fue, la izquierda ya no tenía líder. O ya no hay izquierda. O la izquierda son huérfanos en el mundo en busca de destino. Peleando contra nosotros mismos, entre otras cosas por no reconocer los errores. Sin asumir que Ayotzinapa también pasó por la izquierda. O rehacemos los caminos con autocrítica, o terminaremos aniquilados.

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