La letra desobediente

Culiacán: valentía o miedo

¿Quién es esa mujer que nos confronta con su arte; por qué vive en Culiacán, amenazada por el narco? Rosa María Robles incluso ha sido censurada en su trabajo por autoridades culturales. Pero ella no se arredra. Echada para adelante, da la cara.

Una mujer que se acuesta tarde, pero se levanta temprano. Lee mucho. Escribe sus sueños. Es vegana. No soporta el encierro. Camina mucho. Escucha música, ve películas, series y videos. Extraña a Camila, su única hija —que estudia danza en Cuba—. Su trabajo lo realiza donde puede. Solitaria, sin gente a la redonda. Quiere ser voluntaria del primer viaje a Marte…

Quiere salvar el edificio de la primera fábrica de azúcar, La Aurora, de 1876, —considerado patrimonio histórico— y convertirlo en espacio cultural, antes de que termine en estacionamiento. Quiere hacerlo con sus propios recursos, de lo que vive. Y ya después, largarse de Culiacán...

Nació allí hace 53 años, cerca del río, donde aparecen cadáveres en sus cercanías. Una ciudad que a veces la apoya y otras la censura, con ese desconcertante y descarado gusto buchón y su prepotente y violenta cultura narca. La economía se sostiene con el negocio de las drogas, vía tiendas, lavaderos de dinero —inmobiliarias, constructoras, joyerías, cirujanos, agencias de autos y de viajes…

Todos se hacen de la vista gorda con los nuevos muertos que recogen como basura, para limpiar sus conciencias. Todos —o casi todos—, paralizados por el miedo. Para ella, Culiacán es una inspiración estética: la violencia y la narcocultura se reflejan en la mayoría de sus piezas. Lo hace de forma universal. A las autoridades de cultura se les ponen los pelos de punta con su obra. La apoyan con pinzas. Lo dice ella:

—He sido un dolor de cabeza para varias autoridades, por llevar con mi obra una bandera negra de Sinaloa. Claro que he vivido la censura. No soy hija predilecta de esta ciudad ni pretendo serlo. Hago mi trabajo de la manera más honesta que puedo, sin concesiones y sin miedo a nada ni a nadie. Censurarme no les ha servido de mucho, en cambio a mí sí, me ha proyectado hacia el exterior.

Era amiga de Javier Valdez, el periodista asesinado el pasado 15 de mayo. La noticia indignó a los medios de comunicación. “No se mata la verdad, pero por decir la verdad, sabemos que nos pueden matar”, escribió como apoyo en su página de Facebook. Ella tuvo que cancelar una exposición, por amenazas del narco, en marzo. Apenas el viernes, colocó una manta en la catedral de Culiacán, que decía: “Con una rechingada, no más asesinatos”.

Así es Rosa María Robles.