La letra desobediente

¿Muerte a la corrupción?

Aniquilar la corrupción: la de todos, no solo del servicio público. La de la señora que pasa una propina al conserje para que deje entrar a su hijo que llega tarde a la escuela, la del señor que vende tamales con productos de dudosa salubridad y enferma con tifoidea a los comelones, la del taxista sin placas, la del bolero sin permiso para plantarse, la de cada uno de los ciudadanos, que hacemos todo por infringir la ley del servicio público, y de ahí lo que siga…

De la corrupción en México nadie está libre de responsabilidades como para demostrar que, si la eliminamos, pronto estaremos en el camino del progreso. Suena bien como campaña presidencial pero habría que ver qué condiciones sociales hacen que unos paguen impuestos y otros no, en un país que no rasa con la misma taza a todos. Necesitamos un decálogo de principios y propuestas de cambio ético de los mexicanos junto con el gobierno en turno.

Desde los tiempos de López Portillo arrastramos la frase “la corrupción somos todos”; hoy, insiste Peña Nieto y Andrés Manuel lo plasma en su programa de gobierno hacia 2018. Pero no pensamos en la realidad del asunto: en quienes almacenan agua en depósitos peligrosos donde se incuba el zika, en los que construyen escuelas para niños cerca de gasolineras, en la construcción de inmuebles en los márgenes de los cerros que está supuestamente prohibida y es, a ojos de todos, el paisaje que circunda las principales ciudades del país. Cada uno de los servicios públicos —por ejemplo la basura, ese mal moderno— es causal de corrupción hasta la fecha.

No hay cultura civil que aguante la historia de la corrupción en México. Ricos o pobres, nadie se libra: el que no trae sus papeles personales en orden, el que ofrece servicios laborales sin permiso de trabajo, el que ofrece dinero a cambio de atención expedita en una institución pública. Tantos ejemplos; nadie está exento. El ciudadano común es el origen de la corrupción. Las instituciones se prestan desde luego a tergiversar su vocación pública. El huevo de la serpiente se retroalimenta por todas partes.

Hoy me propongo acabar con mi propia corrupción: cruzar la calle en las esquinas, respetar el semáforo, usar la bicicleta en lugares indicados, no salir sin papeles oficiales para cualquier emergencia, no comprar al ambulantaje ni películas piratas, procurar ser un ciudadano civilizado, con ética, incorrupto...

¿Vamos a intentarlo?